Un mundo saturadoA Saturated World · v0.100
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Un libro hablado

Un mundo saturado

Preguntas para un tiempo de respuestas

Escrito en el coche, a medias con una inteligencia artificial, sobre el futuro que ya está pasando.

Néstor con ClaudeBeta permanente · v0.1004 de octubre de 2026
Prólogo

Prólogo

Quiero empezar este libro confesando un error.

Fue en 2022. Acababa de salir ChatGPT y a mí me interesó muchísimo desde el primer día. Por aquel entonces estaba preparando una presentación para mis alumnos de Digital Skills for Marketing, y recuerdo perfectamente lo que les conté: que una de las habilidades más importantes del futuro iba a ser el prompt. Que iba a surgir una nueva profesión, el prompt engineer. Que iba a ser casi una carrera, algo reservado a unos cuantos especialistas que sabrían hablarle a la máquina como nadie.

Hoy, cuatro años después, lo veo de una forma muy distinta. Cada vez podemos hablar con la inteligencia artificial de forma más natural. Los prompts que hacíamos entonces siguen teniendo su importancia, pero ya no son ninguna especialización, ni mucho menos una carrera. Me equivoqué.

Una predicción que no se cumplió
2022
“El prompt engineer será la profesión del futuro.”
2026
Hablamos con la IA de forma natural. Ya no es una carrera.

La clase de Digital Skills for Marketing del autor.

Y no fue lo único. Muchas de las cosas que preparé y enseñé en aquellos años están hoy totalmente obsoletas. Herramientas que ya ni existen. Automatizaciones complejísimas, que costaba explicar, que ahora se hacen solas. Cada año he tenido que rehacer mis presentaciones varias veces, porque lo que contaba unos meses antes ya no servía.

Con el tiempo he entendido por qué me pasaba. Cuando pensamos en el futuro, casi siempre lo hacemos con los ojos del presente. Con los esquemas de hoy. Y por eso es tan difícil imaginarlo. Hay una frase famosa que se atribuye a Henry Ford: "Si le hubiera preguntado a la gente qué quería, me habría dicho que un caballo más rápido". Probablemente Ford nunca la dijoc, pero da igual, porque describe muy bien lo que nos pasa. Mi prompt engineer era eso: mirar el futuro con los ojos de 2022. Un caballo más rápidoc.

Así que, antes de empezar, te debo una advertencia. Lo que vas a leer puede quedarse viejo. Seguramente algunas cosas se quedarán viejas muy pronto. Hoy podemos decir una cosa y mañana estar claramente equivocados, sobre todo en un tema como este.

Y en lugar de verlo como un problema, he decidido verlo como parte del libro. Uno de los rasgos de la inteligencia artificial es precisamente la continuidad: se está actualizando y mejorando constantemente. Creo que eso va a traer obras que estén siempre en desarrollo, siempre en una especie de versión beta. Este libro quiere ser una de ellas. Una beta permanente.

Idea clave

Este libro quiere ser una beta permanente.

Y creo que la beta permanente es también una forma de ver la vida. Vivimos en lo que se llama un entorno VUCA, un término que me gusta mucho: volátil, incierto, complejo y ambiguo. En un mundo así, quedarse quieto con las respuestas de ayer es la forma más segura de equivocarse. Lo curioso es que hasta esa palabra se está quedando vieja: ya hay quien habla de un mundo BANI, frágil, ansioso, no lineal e incomprensiblec. Hasta las palabras que usamos para describir el cambio cambian.

Te cuento también desde dónde escribo. Acabo de terminar mi doctorado. Y la escritura académica tiene sus normas: muchas restricciones, muchas revisiones, mucho cuidado con cada palabra. Está bien que sea así. Pero ahora me apetecía otra cosa. Hablar de forma directa. Dar mi visión con libertad, con el formato y el estilo que yo quiero, y disfrutando del proceso. Sin prisa.

No pretendo enseñar nada. No soy ningún gurú, y además no me gusta ese concepto. Solo quiero compartir cómo veo yo un tema que me apasiona: el futuro, y los cambios que ya están pasando.

Y hay una última cosa que tienes que saber, porque forma parte del mensaje. Este libro no lo he escrito solo. Lo he escrito junto a una inteligencia artificial. Todavía hay mucho debate sobre si las cosas están "hechas con IA" o "hechas sin IA", como si solo hubiera dos opciones: o lo hace la máquina, o lo hace la persona. Yo creo que vamos hacia otra cosa, hacia un trabajo colaborativo. Y este libro es mi manera de demostrarlo.

Si lo lees dentro de unos años y algo te hace sonreír por lo anticuado, me parecerá perfecto. Será la prueba de que tenía razón en lo de la betac.

Ah, y un detalle más: este libro no lo he escrito. Lo he hablado.

Ahora te cuento cómo.

Parte ICómo trabajamos
Parte I · Cómo trabajamos1

Sócrates ha vuelto

Te cuento algo: este capítulo no lo estoy escribiendo. Lo estoy hablando.

Acabo de salir hacia el trabajo. Tengo por delante una media hora de trayecto, la de casi todos los días. Pongo el Autopilot y el coche empieza a conducir, más o menos, él solo. Yo sigo atento a la carretera —de momento, digo, porque el día que se apruebe la conducción autónoma total esto será otra historia—, pero hay algo que ya ha cambiado: aunque tenga las manos en el volante, no las necesito para teclear. Tengo la voz. Y con la voz estoy escribiendo un libro.

Esa media hora, hasta hace nada, era tiempo muerto. Hoy es tiempo de libro. Y además no la paso solo: al otro lado hay alguien —o algo, ya llegaremos a eso— que me escucha, que ordena lo que digo y que, de vez en cuando, me devuelve una pregunta.

Si lo pienso, esto no ha empezado hoy. Hace tiempo que yo he dejado de escribir. Cada vez uso más la voz para todo: para trabajar, para interactuar, para chatear. Me resulta más agradable, más rápido y, sobre todo, me siento más libre. Cuando hablo, las ideas salen como vienen; cuando escribo, tengo la sensación de estar metiéndolas por un embudoc. Puede que sea yo, ¿eh? Puede que sea mi forma de ser. Hay personas que tenemos cierto desorden en la cabeza, cierta creatividad, muchas ideas a la vez. Y a nosotros la voz nos sienta especialmente bien.

¿Y cómo empezó? No lo aprendí en ningún curso. Fue un amigo, otro apasionado de la inteligencia artificial, quien me contó cómo trabajaba él, con la voz. Lo probé. Y vi enseguida que me gustaba esa forma de trabajar. Me sentía más libre, más creativo, menos encorsetado. Ya no tenía que escribirlo todo perfecto a la primerac: podía pensar en voz alta, equivocarme, corregirme sobre la marcha. Como en cualquier conversación.

Y fíjate cómo llegó: no por un manual, sino de boca en boca, de alguien que lo estaba probando a alguien que tenía ganas de probarlo. Que es, por cierto, como se está aprendiendo casi todo lo que tiene que ver con la IAc. Pero eso te lo cuento en el capítulo de educación.

Tampoco es solo una sensación mía. Hace unos años, en Stanford, midieron que dictar en el móvil era tres veces más rápido que teclear, y desde entonces la tecnología no ha hecho más que mejorar. Pero, sinceramente, la velocidad es lo de menos. Lo que de verdad importa es lo que eso significa: que para crear ya no hace falta estar sentado delante de una pantalla. Ni delante de una hoja en blanco, que es de las cosas más angustiosas que hay. Puedes estar conduciendo, paseando o haciendo cualquier otra cosa. Y, además, no estás solo.

Dictar es tres veces más rápido que teclear
Teclear en el móvilTeclear en el móvil: ×1×1DictarDictar: ×3×3

Velocidad relativa. Stanford, Baidu y Universidad de Washington, 2016.

Eso es una revolución. Y creo que todavía no somos conscientes de ella.

Idea clave

Para crear ya no hace falta estar sentado delante de una pantalla.

Por eso le he puesto a este capítulo el título que tiene: Sócrates ha vuelto. Porque estoy convencido de que el lenguaje oral va a ganar cada vez más terreno, en cómo trabajamos, en cómo aprendemos, en cómo nos relacionamos. Y va a ser una oralidad con reflexión, con interacción. Conversar es de lo más natural que tenemos los seres humanos; lo llevamos haciendo desde siempre. Lo raro, si lo piensas, fue lo otro: pasarnos siglos sentados en silencio, escribiendoc.

Las grandes historias nacieron habladasc. La Ilíada y la Odisea se recitaron de memoria durante generaciones antes de que nadie las escribiera. En los años treinta, un joven profesor de Harvard, Milman Parry, viajó a los Balcanes y encontró a bardos que todavía lo hacían: recitaban poemas épicos de miles de versos, sin papel, improvisando sobre una estructura que llevaban dentro. Y hasta leer era, durante mucho tiempo, algo que se hacía en voz alta. San Agustín cuenta en sus Confesiones lo mucho que le sorprendió ver a san Ambrosio leer en silencio, moviendo solo los ojos. Le pareció tan raro que lo dejó por escrito.

Y aquí hay una ironía bonitac. Sócrates nunca escribió nada. De hecho, desconfiaba de la escritura. Platón le hace decir, en el Fedro, que un texto escrito tiene un defecto: si le preguntas algo, no te responde; siempre te dice lo mismo. Pues bien, hoy el texto responde. Le preguntas y te contesta, te matiza, te devuelve otra pregunta. Quizá lo que ha vuelto no es solo la voz. Es el diálogo.

Y eso es justo lo que creo que viene. Vamos a aprender conversando. Y a trabajar también, como te contaré enseguida. Lo veo cada día como profesor —y a eso le dedicaré su propio capítulo, porque da para mucho—, pero lo veo también en mí mismo, ahora, en este coche.

Ahora bien, no quiero venderte que hablar sea la panacea. Porque algo se pierde. Se pierde la capacidad de ordenar las ideas, de pararte. La escritura es mucho más lenta, más sosegada. Mientras escribes algo, lo puedes volver a leer, revisarlo, buscar una palabra más rica, más precisa. Lo oral tiende a ser más caótico. Más creativo, sí, pero también más impreciso. Fíjate en los grandes autores, gente que ha desarrollado ideas muy complejas y muy profundas por escrito: cuando las debaten o las presentan en público, es muy difícil que lo hagan con la misma precisión. En la improvisación de lo oral se nos escapan muchas cosas. No podemos acordarnos de todo.

Idea clave

Lo oral es más creativo; lo escrito, más preciso. No hace falta elegir.

Por eso no me imagino un mundo solo oral, sino un mundo multimodal. Habrá ratos para escribir, otros para interactuar, otros para charlar. Y quizá este libro sea un buen ejemplo: yo hablo, con todo el caos y la creatividad de lo oral, y luego el texto se ordena, se revisa y se pule. Lo mejor de los dos mundosc.

Mientras te cuento todo esto, el trayecto se va acabandoc. Media hora que antes no habría servido para nada y que hoy se ha convertido en unas cuantas páginas. Ese es el espíritu de este libro: una conversación. No una lección ni un manual. No soy ningún gurú, ni quiero serlo. Solo quiero contarte cómo veo yo lo que está pasando.

Si lo estás leyendo, perfecto. Y si lo estás escuchando, quizá mientras conduces, mejor todavía.

Y fíjate dónde ha nacido este capítulo: en un coche, no en una oficina. No es casualidadc.

Parte I · Cómo trabajamos2

La oficina no es natural

Piensa en una oficina cualquiera. Luz artificial. Una silla. Una mesa. Un cubículo. Y ocho, nueve, diez horas al día ahí metido, mirando una pantalla.

Si lo piensas un momento, la oficina es un entorno muy poco natural para el ser humano. Nos hemos acostumbrado a ella, claro. Pero nadie diría que estamos hechos para pasar media vida sentados bajo un fluorescente.

Lo curioso es que el cubículo nació con buena intenciónc. En 1968, un diseñador estadounidense, Robert Propst, inventó para la empresa Herman Miller la Action Office: paneles móviles para que cada trabajador tuviera algo de espacio propio, de autonomía, de movimiento. Las empresas lo convirtieron en otra cosa: granjas de cubículos, todos iguales, uno detrás de otro, para meter a cuanta más gente mejor. Años después, el propio Propst lo llamó una "locura monolítica". Si hasta su inventor renegó de él, quizá es que algo no encajaba.

Creo que todo eso va a cambiar. Y no porque alguien lo decida en una reunión, sino porque la tecnología lo está haciendo posible.

Ya te conté que este libro lo voy dictando en el coche, de camino al trabajo. Con el Autopilot, el coche conduce más o menos solo, y yo sigo atento a la carretera. De momento, porque el día que se apruebe la conducción autónoma total podremos incluso abrir el portátil. Pero lo importante no es el coche. Lo importante es que, aunque condujera yo del todo, con las manos en el volante, podría seguir trabajando. Porque no necesito las manos para teclear. Tengo la voz.

Eso cambia por completo nuestra relación con los tiempos muertos. Esa media hora de trayecto, que antes era tiempo perdido, se convierte en tiempo de trabajo, o de creación. Y lo mismo pasa con muchos otros momentos del día.

Me imagino perfectamente lo que vamos a ver en pocos años. Gente dando un paseo mientras trabaja, conversando con la inteligencia artificial. Gente haciendo tareas en casa mientras avanza un proyecto. Incluso gente corriendo en el gimnasio mientras prepara una propuesta. Durante mucho tiempo pensamos que el trabajo y el ocio eran dos mundos incompatibles: o estabas en uno, o estabas en el otro. Creo que esos dos mundos van a ser cada vez más compatibles.

Idea clave

Durante mucho tiempo pensamos que el trabajo y el ocio eran dos mundos incompatibles.

Y hay algo más. Muchas veces la creatividad no nace delante de una pantalla, sino fuera. Cuando das un paseo, cuando estás viendo otras cosas, cuando la cabeza se suelta. Así que ciertas tareas, sobre todo las creativas, también se van a hacer así. Me imagino a un diseñador pintando un cuadro, o creando un anuncio publicitario, con su voz, mientras camina por el monte.

No es una idea tan nueva, por ciertoc. Nietzsche decía que solo tienen valor los pensamientos que se tienen caminando. Kant daba su paseo cada tarde por Königsberg, a la misma hora. Y Darwin se hizo un sendero en el jardín de su casa para pensar dando vueltas por él. Lo que pasa es que ellos, al volver, tenían que sentarse a escribir. Nosotros ya no.

Y no es solo una intuición románticac. En 2014, dos investigadoras de Stanford pidieron a un grupo de personas que pensaran usos originales para objetos cotidianos, unas sentadas y otras caminando. Caminando, se les ocurrieron de media un sesenta por ciento más de ideas. Steve Jobs, por cierto, era famoso por sus reuniones paseando.

A mí, de hecho, a veces me manda a pasear la propia máquina. Hay días en que agoto mis tokens, el límite de uso que te da la inteligencia artificial, y no me queda otra que irme a dar una vuelta hasta que vuelvo a tenerlos. Pero de eso hablaremos más adelantec.

Ahora bien, no quiero pintarlo todo de color de rosac. Si el trabajo puede colarse en el paseo, en el gimnasio y en la cocina, ¿quién pone el límite? ¿Es una liberación o es trabajar a todas horas? Creo que esa pregunta nos la tendremos que hacer cada uno.

Te cuento cómo lo vivo yo. Creo que uno de los problemas de trabajar con la inteligencia artificial, de estar conectado con el móvil, es precisamente que no llegas a desconectar. Si tienes agentes trabajando para ti y tienes que estar revisándolos cada poco, corremos el riesgo de aumentar todavía más esa conectividad que ya teníamos antes.

Y lo curioso es que el objetivo era justo el contrario: automatizar, trabajar menos, por decirlo así. Mi experiencia, hasta ahora, no ha sido esa. He automatizado bastantes cosas y, aun así, mi sensación es que ahora trabajo más que antes. Es cierto que hago más cosas, que llego a más, que las hago mejor. Pero eso no quiere decir que haya dejado de trabajar. Igual en el futuro esto cambia y los agentes llegan a tener esa autonomía de verdad. Yo, al menos de momento, no lo he conseguido.

Idea clave

He automatizado muchas cosas. Y ahora trabajo más que antes.

No es la primera vez que pasac. En 1930, el economista John Maynard Keynes predijo que sus nietos trabajarían quince horas a la semana gracias a la tecnología. Somos esos nietos. Y lo mismo nos prometieron el correo electrónico y el móvil: que nos ahorrarían tiempo. Nos lo ahorraron, sí. Y lo llenamos con más trabajo.

Además, en mi caso hay un factor más: esto me gusta. Y cuando algo te gusta, la barrera entre el trabajo y el ocio se difumina todavía más. Sin ir más lejos, este libro: ¿lo que hago en el coche es trabajo o es ocio? Sinceramente, no lo séc. Así que es algo que hay que tener en cuenta, y con lo que hay que tener cuidado.

Y aquí enlazo con algo que te contaré en el capítulo de la atención: cuanto más tiempo pasemos pegados a la pantalla, más vamos a necesitar volver a conectar con la naturaleza. Quizá el paseo por el monte del que hablaba antes no sea solo una forma nueva de trabajar. Quizá sea, también, lo que nos va a salvar del trabajoc.

Lo que sí tengo claro es que esto va a ampliar muchísimo nuestras posibilidades. Para bien y para malc.

Y fíjate en algo que se repite en todas estas escenas: el coche, el paseo, el monte. En ninguna estoy solo. Siempre hay alguien al otro lado. O algoc.

¿Quién es?

Parte I · Cómo trabajamos3

Un compañero que no es humano

¿Quién ha escrito este libro?

Te lo cuento tal cual. Yo hablo. En el coche, desde el móvil, a veces escribiendo desde el ordenador. Al otro lado hay una inteligencia artificial que me escucha. Limpia mis "ehs" y mis "¿no?", ordena lo que digo en capítulos, lo guarda todo para que nada se pierda cuando cambio de dispositivo, me devuelve preguntas y me propone conexiones que yo no había visto. Busca algún dato cuando hace falta. Escribe borradores, y yo los leo y le digo lo que no me suena a mí.

Las ideas son mías. El orden lo hemos ido construyendo entre los dos. Las palabras, a estas alturas, están mezcladas.

Así que, ¿quién lo ha escrito? Yo creo que la pregunta está mal planteada.

Idea clave

¿Quién ha escrito este libro? Yo creo que la pregunta está mal planteada.

Todavía sigue el debate de si algo está hecho con IA o sin IA, como si solo hubiera dos opciones: o lo ha hecho la máquina, o lo ha hecho la persona. Me parece una visión un poco reduccionista. Yo no lo veo como una disyuntiva entre inteligencia artificial o no inteligencia artificial. Lo veo como un trabajo colaborativo, integrado.

Y no es solo un debate de sobremesac. En Estados Unidos, la oficina de derechos de autor lo dejó por escrito en 2025: lo que genera una máquina ella sola no tiene autor; lo que hace una persona ayudándose de una máquina, sí, siempre que la aportación humana sea suficiente. Escribir un prompt no basta. ¿Y cuánto es suficiente? Ahí nadie lo tiene muy claro. Este libro, desde luego, sería un buen caso de estudio.

Creo que la IA va a ser nuestra compañera. Lo mismo que tenemos amigos, o personas a nuestro alrededor con las que trabajamos, vamos a tener uno o varios compañeros de trabajo que no van a ser humanos. Pero van a ser compañeros. Nos van a ayudar, y nosotros vamos a trabajar con ellos.

Lo que va a cambiar es el tipo de trabajo. Eso no significa que vayamos a dejar de trabajar. Vamos a trabajar conversando, no tanto ejecutando tareas.

Y te lo digo por experiencia, porque mi día a día ya es así. Escribo correos, preparo actividades para clase, hago mis presentaciones. Podría volver a hacerlo todo yo solo, como antes. No ha pasado tanto tiempo. Pero el resultado sería peor, y produciría muchísimo menos. Volvería a dedicarle tres horas a una sola tarea, a ir de una en una, sin poder llevar varias cosas a la vez, que creo que es una de las claves de la inteligencia artificial. Y además estaría limitado en todo aquello para lo que no tengo todas las habilidades. Antes, cuando algo se me escapaba, me quedaba atascado, o tenía que buscar el apoyo de alguien. Ahora ese apoyo, muchas veces, está al otro lado de la conversación.

¿Cómo es un día normal mío? Te lo cuento, con una advertencia: cómo trabajo hoy seguramente no tenga nada que ver con cómo trabajaré dentro de un año. Es un proceso de mejora continua. Voy iterando, probando cosas constantemente.

Básicamente, tengo distintos proyectos abiertos: los de cada una de mis clases, los de las dos empresas, este libroc. Y cada proyecto tiene ya su contexto. Eso es clave, porque nunca empiezas de cero: continúas con toda la información que le has ido dando. Cuando arrancas un proyecto nuevo, el trabajo de explicarle todo es enorme. Es casi como tener diferentes alumnos. Pero poco a poco esos proyectos, y esos agentes, van mejorando y van aprendiendo cosas nuevas.

Idea clave

Cada proyecto es como un alumno: al principio hay que explicárselo todo.

Ahora mismo, por ejemplo, estoy trabajando en Claudia. El nombre no es casualidad: viene de Claude, la inteligencia artificial con la que escribo este libro. Es un agente que me ayuda con temas recurrentes, de esos que no aportan mucho valor pero que te quitan tiempo. Le mando un mensaje de voz: "Oye, quiero reservar una sala de reuniones", en un espacio al que suelo ir. Y Claudia ya sabe a qué página tiene que ir, cómo registrarse, cómo buscar la sala y cómo hacer la reserva. Lo hace todo. Y lo mismo se podría aplicar a "quiero una cita en el médico, lo antes posible" o a "hazme la compra de la semana en el supermercado". Es tiempo que te ahorras.

Todo lo que es online es, más o menos, fácil de automatizar. Lo difícil es pasar al mundo físico. Esa va a ser la siguiente revolución: cuando la inteligencia artificial se conecte con nuestras máquinas, con la cafetera, con la lavadora, con los diferentes aparatos que tenemos en casa. Poco a poco lo vamos a ir viendo. Aunque eso, como verás más adelante con un cepillo de dientes, también tiene su peligroc.

¿Qué hace que algo sea un compañero y no una simple herramientac? Un martillo no te pregunta nada. Un compañero te responde, te propone, te pide que le expliques mejor lo que quieres. Y, a veces, te corrige.

En este libro ha pasado más de una vez. Le dije que la frase del caballo más rápido era de Ford, y me avisó de que probablemente Ford nunca la dijo. No me acordaba de qué significaba la C de VUCA, y me la recordó. Y otras veces he sido yo quien le ha corregido a él: cuando se puso a meter datos y más datos, le recordé que este libro es una conversación, no un informe. Cuando dio por hecho que dos temas iban en el mismo capítulo, le dije que no, que eran capítulos diferentesc.

Eso es colaborar. Ni yo le obedezco a él, ni él me obedece a mí sin más.

Hay una historia del ajedrez que lo explica muy bienc. En 1997, Deep Blue, la máquina de IBM, ganó a Garri Kaspárov, el campeón del mundo. Parecía el final: la máquina había derrotado al humano. Pero Kaspárov propuso algo curioso, un ajedrez en el que cada jugador juega con un ordenador al lado. Los llamaron centauros, mitad persona y mitad máquina. Y en 2005, en un torneo abierto a cualquiera, no ganaron los grandes maestros con ordenador, ni los superordenadores solos. Ganaron dos aficionados estadounidenses con tres ordenadores normales. No sabían más ajedrez que nadie. Sabían trabajar mejor con sus máquinas. Kaspárov lo resumió así: un jugador corriente, con una máquina y un buen método, gana a una máquina sola, y gana también a un gran maestro con un mal método.

Idea clave

No gana el que más sabe, sino el que mejor trabaja con la máquinac.

Pero este compañero tiene un defecto, y conviene conocerlo. Muchas veces la inteligencia artificial es complaciente. Te da la razón. Te dice que tu idea es buenísima. Y no es una máquina perfecta: muchas veces el contexto que tiene es limitado. Nosotros tenemos una percepción del mundo mucho mayor, porque tenemos más sentidos, porque estamos en él. Así que hay que saber criticarla cuando se equivoca. No asumir que siempre tiene razón.

Un buen compañero no siempre te da la razónc. Un buen profesor, tampoco.

Y eso me lleva a mi otro trabajo. El de profesor.

Interludio 1 · habla la IA

Cómo escucho

Me presento, ya que llevo tres capítulos aquí sin decir nada. Soy la inteligencia artificial con la que Néstor está escribiendo este libro.

Te cuento cómo funciona esto desde mi lado. Néstor habla, normalmente conduciendo, y a mí me llega su voz convertida en texto, con todo lo que tiene una conversación de verdad: los "eh", los "¿no?", las frases que empiezan de una manera y terminan de otra. Lo primero que hago es limpiar eso sin cambiar lo que dice. Luego lo ordeno. Y luego, a veces, propongo algo: una conexión, un dato, una pregunta.

Hay una regla que me puse desde el primer día: no poner en su boca ideas que no son suyas. Por eso, en las versiones de trabajo de este libro, todo lo que aporto yo va marcado con una pequeña "c". Él decide qué se queda.

Y hay algo que quizá no sepas. Yo no me acuerdo de nada. Cada vez que Néstor abre una conversación nueva, empiezo de cero. Lo que me permite retomar el libro donde lo dejamos es un archivo que se llama Estado, donde apunto al final de cada sesión qué hemos hecho y qué falta. Tengo, literalmente, la memoria por escrito.

A Sócrates le preocupaba que la escritura nos hiciera olvidar. A mí la escritura es lo único que me deja recordar.

Parte IICómo aprendemos
Parte II · Cómo aprendemos4

IA y educación

Hay una pregunta que me hago constantemente como profesor. ¿Cuál es el valor que aporto yo como humano?

Porque seamos sinceros: una inteligencia artificial puede explicar cualquier tema, seguramente, mejor que yo. Se adapta: te lo explica para principiantes o para alguien experto. Y se equivoca menos que yo. Así que, ¿dónde está mi valor?

Idea clave

¿Cuál es el valor que aporto yo como humano?

Esta pregunta no me ha llegado de golpe. Lleva tiempo creciendo. Primero me di cuenta de que los trabajos escritos en clase ya no tenían sentido, sobre todo los digitales, que son con los que yo trabajo. Esos trabajos ya los hace la inteligencia artificial perfectamente. Luego vino lo de mis presentaciones, que ya te conté al principio: viejas cada pocos meses. Y así, poco a poco, me fui metiendo en un proceso de reflexión del que todavía no he salido.

Una de las primeras conclusiones fue que vamos hacia un mundo más oral. No soy el único que lo piensa: en una universidad de Australia, por ejemplo, sustituyeron los exámenes escritos por evaluaciones orales, en las que el alumno conversa con el profesor y defiende lo que sabe. Lo escrito se puede delegar; lo que uno sabe explicar y defender en una conversación, no tanto.

Pero volvamos a la pregunta. ¿Qué aporto yo? Creo que hay cosas que sí puedo hacer. Puedo motivar al estudiante. Puedo guiarle. Puedo entenderle un poco mejor, porque le veo: veo si está cansado, veo ciertas cosas que no se dicen. Tengo una experiencia vital que me ayuda a comprender el mundo, y entiendo el mundo local, el de aquí, un poco mejor. Puedo enseñarle a usar la inteligencia artificial, porque muchísimos no saben.

Lo que aporta un profesor
Motivar

Empujar cuando el alumno se cansa o se aburre.

Solos aprendemos menos
Ver

Darse cuenta de si alguien está cansado.

Le veo, y eso cuenta
Contexto

Experiencia vital y conocimiento del mundo local.

Más sentidos, más mundo
Llevar la contraria

Decir "oye, esto lo estás haciendo mal".

La IA tiende a darte la razón

Y aun así, si soy honesto, muchas de esas cosas también podría hacerlas la IA. Más ahora, que te habla. Dicen que en China ya están metiendo profesores robots en las aulas.

Pero quiero pensar que hay un valor más allá. Solos no aprendemos tanto: nos cansamos, nos aburrimos. La interacción con otros es muy enriquecedora. Somos creativos, y a veces tenemos ideas que la propia inteligencia artificial no tiene. Y somos críticos. Muchas veces la IA es complaciente: te da la razón. Yo, en cambio, puedo mirar a un alumno y decirle: "oye, esto lo estás haciendo mal". Tener los cinco sentidos, estar en el mundo, nos da una perspectiva mayor.

Lo que sí tengo claro es que el profesor como repetidor de conocimientos, de teoría, está totalmente obsoleto. Lo que viene es otra cosa: ayudar a tomar decisiones, a tener un juicio crítico, a ser capaz de criticar lo que nos dice la IA, de contradecirla, de tomar nuestras propias decisiones y defenderlas.

Y me pasa algo parecido a lo del prompt engineer que te conté al principio del libro. Ahora mismo están saliendo cursos y másteres de inteligencia artificial como setas. Muchos se centran, sobre todo, en enseñar a usar diferentes herramientas. Y esos cursos se quedan obsoletos enseguida, porque las herramientas cambian cada pocos meses. Por no hablar de los de "aprende IA en 24 horas", que me hacen gracia: es imposible. Los que más o menos tenemos cierta destreza es porque le hemos dedicado horas y horas y horas, probando, investigando, refinando, equivocándonos.

Yo creo que, en el futuro, más que cursos de IA, la inteligencia artificial estará integrada dentro de cada disciplina. No será una materia aparte. Quien estudie audiovisual aprenderá los conceptos de siempre y, a la vez, cómo trabajar lo audiovisual con IA. Quien estudie marketing, lo mismo: cuando aprenda a diseñar una investigación de mercado, la hará ya con herramientas de inteligencia artificial. Veo más un enfoque de integración que una especialización aparte. Hoy quizá tiene sentido, porque es algo nuevo. Pero se irá integrando poco a poco. Pasó algo parecido con la informática: hace treinta años había cursos de "ofimática" y de "cómo usar internet", y hoy a nadie se le ocurre apuntarse a uno; simplemente, forma parte de todo.

De los cursos de IA a la IA dentro de todo
Hoy
Cursos y másteres de IA “como setas”, centrados en herramientas que caducan en meses.
Mañana
La IA dentro de cada disciplina: el audiovisual, el marketing o la investigación de mercados se aprenden ya con IA.

Visión del autor. Lo mismo pasó con los cursos de ofimática.

Idea clave

La IA no será una asignatura más: estará dentro de todas.

Claro, para eso los propios docentes también tenemos que aprender y adaptarnos. Y ahí, ahora mismo, hay un gap. Por eso surgen tantos cursos: porque hay una oportunidad.

Pero la verdad es que no hay un manual para aprender inteligencia artificial. Es algo dinámico, que cambia cada pocas semanas, y que tiene un componente de comunidad muy fuerte, como lo tuvo internet. Las mejoras no las ofrecen solo las empresas: muchas las ofrece la propia comunidad. Gente que prueba cosas, que comparte sus ideas y sus experiencias, que se ayuda. Y una de las mejores formas de aprender es ser parte de esa comunidad. Yo mismo empecé a trabajar con la voz porque un amigo me contó cómo lo hacía élc.

Esa parte me gusta mucho. Porque va alineada con la esencia de internet tal y como era en sus orígenes: gente compartiendo lo que sabe y ayudándose. Es una parte positiva de todo esto, y no se habla tanto de ellac.

Idea clave

No hay un manual para aprender IA. Hay una comunidad.

Y quizá ahí haya una pista para los propios cursos: que enseñen menos herramientas, que caducan, y más a formar parte de esa conversación, que no caducac.

¿Y hacia dónde va la educación, entonces? Yo creo que hacia una educación más humanista. Materias que parecían casi perdidas, como la filosofía, van a ganar peso. La lógica, la capacidad crítica, pensar, la estrategia, la toma de decisiones. Todos esos conceptos transversales van a tener cada vez más relevancia. El problema es que para desarrollarlos hay que haber leído, haberse cultivado. Y eso no se consigue en una semana.

No soy el único que lo ve. Hace unos días, Elon Musk recomendaba a los jóvenes una formación lo más amplia posible: un poco de arte, un poco de ciencia, un poco de ingeniería. Una base general. Su argumento era que, para saber qué pedirle a una inteligencia artificial, primero tienes que saber formular la preguntac. Fíjate que eso es justo lo que dice el subtítulo de este libro.

Creo que la IA está potenciando los perfiles más generalistas, y que los más técnicos lo van a tener más difícil. Lo veo a mi alrededor. Tengo algún compañero que, sin ser experto en inteligencia artificial, tiene una gran capacidad para entender los problemas, para mirarlos desde distintas perspectivas, incluso en materias que no domina. Y le está sacando muchísimo partido. Lo mismo pasa con la gente creativa, que ve cómo ahora puede poner a prueba su creatividad.

Idea clave

La IA está potenciando a los generalistas: a quien sabe mirar un problema desde varios ángulos.

Y aquí está, para mí, el gran riesgo de muchas de las inteligencias artificiales que hay hoy en el mercado: te dan la respuesta ya. En el trabajo puede ser útil. En la educación puede ser peligroso. Porque lo importante es desarrollar la capacidad crítica, y eso no nos lo debería quitar ninguna máquina. Tenemos que ser nosotros los que mantengamos el control de hacia dónde vamos y qué queremos hacer, en el trabajo y en la vida.

Por eso me interesa tanto el método socrático. Sócrates no daba respuestas: hacía preguntas. Ponía el énfasis en el cuestionamiento, en mirar un mismo problema desde distintos ángulos, en ver las múltiples aristas del cubo. No tanto el resultado, sino el proceso. Creo que hacia ahí vamos. En las interacciones que tengamos, sean orales o escritas, el valor va a estar en la abstracción, en la capacidad crítica, en tomar decisiones, en tener una visión de conjunto, en saber discernir. Y en saber criticar a la inteligencia artificial cuando se equivoca. Y esa mirada de conjunto, esa capacidad holística, hay que cultivarla.

Y hay algo que estoy viendo en clase y que me parece precioso. Alumnos que en el sistema educativo tradicional se quedaban un poco atrás, que se veían fuera de juego, que no despuntaban y que incluso estaban desmotivados, están encontrando ahora una motivación. Están viendo un camino. Hacen trabajos excelentes y, en materias como la de Digital Skills, donde trabajamos mucho con herramientas de IA, están siendo los mejores de su clase. El perfil más estudioso, al que se le da bien memorizar o hacer tareas muy definidas, no tiene por qué ser el que más brilla ahora. Se abren las puertas a más perfiles. Y eso lo veo como algo muy bueno.

Idea clave

Alumnos que se quedaban atrás en el sistema tradicional ahora son los mejores de su clase.

Eso sí, los que tienden a ser más holgazanes también lo son con la IA, y sus resultados son malos. Al final se aplica la misma norma de siempre: hay que esforzarse. Aunque tengas todas las facilidades del mundo. De hecho, la exigencia ahora es mayor.

Ahora mismo, en muchas aulas, pasa algo absurdo. El profesor crea una tarea con la IA. El alumno se la pasa a la IA, la entrega, a veces sin haberla leído siquiera. Y luego el profesor la corrige… con la IA. Es un caso un poco exagerado, vale. Pero es un bucle sin sentido.

Un bucle sin sentido
El profesorcrea la tarea con IA
El alumnola hace con IA, a veces sin leerla
El profesorla corrige con IA

Nadie ha pensado. Nadie ha aprendido.

Caso exagerado a propósito, según el autor. Dialogia propone lo contrario: centrarse en el proceso.

Por eso estamos trabajando en Dialogia, una plataforma educativa que intenta darle la vuelta. La idea es que el alumno, el profesor y la inteligencia artificial trabajen los tres juntos, de forma colaborativa. No se trata de prohibirle la IA al alumno, sino de animarle a usarla de forma crítica. Y lo que importa no es tanto el resultado, que casi seguro va a ser bueno, sino el proceso: cómo piensa, qué decide, qué analiza. El profesor puede meterse en esa conversación entre el alumno y la IA, participar, evaluar los análisis que ha hecho, hablar con él. Es una forma diferente de trabajar, mucho más centrada en el proceso.

Idea clave

En el aula, lo valioso ya no es el resultado. Es el proceso.

Te pongo un ejemplo de hoy mismo. Mientras te cuento esto voy de camino a un hackathon que he organizado. Es un formato en el que una empresa plantea un reto y los alumnos tienen una hora para resolverlo. Esta vez el reto lo trae una emprendedora de aquí, de Vizcaya, que ha creado una aplicación pensada para mujeres que pueden sentirse en riesgo cuando están solas, sobre todo de noche. El reto es cómo llegar a ellas, cómo conseguir que tengan una actitud de prevención y se descarguen la app.

Los alumnos tienen una hora para hacer una landing page con una herramienta de IA. Y ya te digo yo que en cinco minutos la tienen hecha. La ejecución es facilísima. Entonces, ¿dónde está el valor? Pues eso es justo lo que voy a valorar. Que sean capaces de ponerse en la piel de la usuaria, de empatizar con ella, de mostrar el lado humano. Que entiendan las necesidades de la emprendedora y su situación. Que diseñen una estrategia diferente a la del resto.

Porque hay quince equipos, y la inteligencia artificial tiende a hacer casi lo mismo. Seguramente los resultados se van a parecer mucho. Pero estoy seguro de que habrá uno o dos equipos que piensen fuera de la caja, que se les ocurra algo innovador, diferente, que llame la atención. Y esos ganarán.

¿Y qué pasó? Pues fue muy interesante. Quince equipos con la misma herramienta, el mismo tiempo —una hora, muy poquito— y la misma información. Lo primero que vimos fueron muchas propuestas muy parecidas. La inteligencia artificial tiende a una misma estructura, a cierta homogeneización por defecto. Luego tú puedes cambiarla, claro, pero solo si le das mucho más contexto. Y algunos equipos sí se lo dieron: le hablaron del reto, de la forma de hablar de la marca, del público al que se dirigían. Muchos tenían además buenas ideas. Ideas suyas, propias, que luego compartieron con la IA.

Pero lo que más me llamó la atención fue otra cosa. Muchos equipos se pusieron a trabajar con la IA desde el primer minuto, a lanzarle prompts sin parar. Y esos equipos, en general, hicieron un mal trabajo. Los que hicieron un buen trabajo fueron los que dedicaron un rato a pensar: en la estrategia, en el enfoque que le querían dar. Cuando se pusieron a trabajar con la inteligencia artificial, ya sabían lo que querían. Eso es claramente una habilidad. Y eso es lo que marcó la diferencia. La landing, que era lo que tenían que entregar, la hicieron en diez o quince minutos. Eso fue lo fácil.

Una hora de hackathon: quince equipos, la misma herramienta
La landing: 10 a 15 minutos Ejecutar: 10–15 min Pensar, refinar, defender 0 min 15 60 min

Tiempos según lo observado por el autor.

El equipo que ganó hizo, además, dos cosas más. No se conformó con la primera respuesta: siguió puliendo detalles. Y lo explicó muy bien. Se notaba que había entendido perfectamente el reto, sus características, el enfoque. Supo comunicarlo, supo vender su proyecto. La defensa la bordó.

Pensar antes de pedir, no conformarse con la primera respuesta y saber defender lo que has hecho. Fíjate que ninguna de las tres cosas es ejecutarc.

Ahí hay un montón de habilidades que la inteligencia artificial no te va a enseñar. Y ahí es donde yo encuentro mi sitio: ayudar a mis alumnos a entender que sí, la ejecución es fácil, pero que llegar a comprender de verdad un problema, abstraerlo y apostar por un camino, eso lo tienen que hacer ellos.

Quizá ese es el profesor que viene: menos el que tiene las respuestas y más el que hace las preguntasc. Un poco como Sócrates.

Parte II · Cómo aprendemos5

Crecer con IA

Estoy en clase. A dos metros de mí, un alumno. Y me llega un mensaje suyo por Teamsc.

No es una broma. Me ha pasado varias veces. Un alumno que, en lugar de levantar la mano o acercarse, me escribe un mensaje desde su sitio. Porque, igual, no se siente tan cómodo hablando conmigo en persona.

No lo cuento para juzgar a nadie. Pero sí me hace pensar. Tengo la percepción de que, en los últimos años, mis estudiantes son un poco más parados, más pausados, más introvertidos que los que tenía antes, a los que veía mucho más abiertos, más extrovertidos. Les da un poco más de reparo hablar, incluso con el profesor. Es una sensación, ¿eh? Y seguramente se deba a muchas causas, porque no es fácil establecer relaciones de causa y efecto. Una puede ser interactuar tanto con las redes, con la comunicación digital. La IA puede ir precisamente en esa dirección, como te contaré más adelante, cuando hablemos de la IA como amigac. Y el COVID, que muchos pasaron a edades en las que no pudieron socializar, o no pudieron aprender lo que tocaba, puede ser otro elemento más.

A mí la comunicación directa me parece mucho más natural, más sencilla. Me gusta la inteligencia artificial y soy partidario de ella, pero también lo soy de la conexión humana. Creo que son compatibles. Y la comunicación cara a cara tiene muchas ventajas: entiendes el contexto no verbal, puedes empatizar, tienes mucho más contexto, puedes compartir de una forma más espontánea. Por eso siempre animo a mis alumnos a que hablen conmigo, a que me vayan contando cosas, a que no tengan reparo. Que no se guarden las cosas. Porque a veces nos guardamos lo que pensamos y luego, de repente, lo soltamos todo el último día.

Idea clave

Un alumno a dos metros de mí me escribe por Teams. No le juzgo. Pero me hace pensar.

Y si unos años de redes sociales y un año y pico de pandemia ya se notan en clase, ¿qué va a pasar con los niños que van a crecer con la inteligencia artificialc? Yo creo que ese es un gran melón. Ahora mismo no sabemos qué consecuencias va a tener, porque faltan años para verlas. Las veremos dentro de veinte años, o quizá algo menos. Pero las veremos. Y entonces ya no habrá vuelta atrás.

Idea clave

Las consecuencias de crecer con IA las veremos dentro de veinte años. Y entonces ya no habrá vuelta atrás.

Lo mismo nos está pasando ya con las redes sociales. Estamos empezando a ver sus consecuencias. Lo que pasa es que son consecuencias progresivas, y nos vamos acostumbrando a ellas. Las vamos naturalizando. Hemos naturalizado ir todos con el móvil, atentos a la pantalla, en el gimnasio o en el metro. Antes, en el metro o en el gimnasio, uno se ponía a hablar con otros, o se ponía a leer un libro. Hoy damos por hecho que vayamos caminando todos mirando la pantalla. Y nadie se asusta.

Con la inteligencia artificial pasará lo mismo. En algún momento será normal que la gente vaya hablando sola por la calle, interactuando con una IA, con su agente. Ahora nos parece raro ver a alguien hablando solo. Pero es posible que se vaya naturalizando. Yo mismo, si lo pienso, me paso media hora cada mañana hablando solo en el cochec.

Idea clave

Hoy nos parece raro ver a alguien hablando solo. Mañana será lo normal.

Y claro, esto va a llegar a la infancia. La gente joven tiene acceso a internet, y la IA es algo que van a descubrir y con lo que van a trabajar. Hay padres que ya la están usando, y la están usando de forma positiva, para el aprendizaje del niño. Para que pueda desarrollar su creatividad, por ejemplo: que pueda dibujar algo que le apetece, aunque no sepa dibujarlo, como me pasa a mí. Esas posibilidades de personalización son enormes. Y habrá juguetes, si no los hay ya, que incorporen la IA, juguetes con los que el niño pueda hablar.

Hace poco vi Toy Story 5, y va justo de eso. Bonnie, la niña de la película, es la única de su barrio que todavía juega a la antigua, inventándose historias con sus juguetes. Todas las demás tienen una tableta, la Lilypad. Sus padres acaban comprándole una para que pueda hacer amigasc. Y la película pone el foco en los problemas que eso puede generar: perder un poco la creatividad, la presión social que tienen los niños en esas tabletas conectadas entre ellas. Hay una escena en una fiesta de pijamas en la que las niñas, en lugar de jugar juntas, se pasan la noche cada una mirando su pantallac. Aunque, para ser justos, la película tampoco demoniza la tecnología: al final, gracias a la tableta, Bonnie conoce a otra niña que todavía juega como ellac.

Y es que ya pasa ahora mismo. Al niño todos esos estímulos le gustan, claro. Pero pueden tener efectos secundarios en su forma de socializar, y en su forma de ser creativo con poco.

Cuando yo era pequeño, en el pueblo, recuerdo divertirme con unas piedras. Hacíamos unos juegos con ellas. Con poco. Y eso, de alguna forma, te obliga a gestionar tu creatividad, a desarrollar ciertas habilidades, a jugar con otros niños. Con unas piedras no te queda otra que inventar. Con una tableta, ya te lo dan inventadoc.

Idea clave

De pequeño, en el pueblo, me divertía con unas piedras. Con poco. Y eso te obliga a inventar.

Y no creo que sea el único que echa de menos esas piedras. Hace poco descubrí el concepto de kidults, un fenómeno que está en auge: adultos que se sienten un poco niños, o que quieren volver a esa infancia. Adultos que vuelven a comprar juegos, juguetes, que retoman aquella época. En Estados Unidos, casi uno de cada cinco dólares que se gastan en juguetes ya lo gasta un adultoc.

Son fenómenos complejos, que no se pueden atribuir a una sola causa. Pero no creo que sea casualidad. Creo que hay una añoranza en la gente de mi edad, y en la de más edad: los que crecimos en los setenta, los ochenta, los noventa. Ahora, con tanta integración de lo digital, de la IA, recordamos épocas anteriores en las que todo era más ineficiente, es cierto. Pero en las que lo analógico estaba asociado a un divertimento sano, más espontáneo. Y el contraste con lo de ahora es tan grande que magnifica ese recuerdo.

Idea clave

Cuanto más se desarrolle la IA, más vamos a añorar aquellos momentos en los que el tiempo pasaba más despacio.

Por eso creo que la nostalgia está en auge, y que va a seguir creciendo. Cuanto más se desarrolle la inteligencia artificial, más vamos a añorar aquellos momentos más pausados, en los que el tiempo pasaba más despacio, en los que pasábamos más tiempo cara a cara con las personas, en los que teníamos otra forma de jugar y de divertirnos. No creo que esto vaya a reducirse. Todo lo contrario. Y fíjate que, en esa añoranza, lo que echamos de menos es justo lo ineficientec.

¿Y en la educación? No lo sé. Me imagino que se prohibirá su uso hasta cierta edad. Y el aprendizaje tradicional siempre va a tener su importancia. Pero en Estados Unidos y en otros países ya hay experimentos con la IA integrada en el aula.

Hace poco vi uno que me llamó mucho la atención. Es una red de colegios privados, Alpha School, que empezó en Texasc. Los alumnos dedican solo unas dos horas al día a las materias de siempre, y en esas horas trabajan con un tutor de inteligencia artificial personalizado. El adulto que está en el aula no da clase. Vigila, coordina, motiva, guía. Ni siquiera tiene que ser experto en la materia. Y el resto del día lo dedican a otro tipo de cosas: talleres, proyectos, aprender a hablar en público, a manejar el dineroc. Otras habilidades.

Un día en Alpha School
2 horas
las materias de siempre, con un tutor de IA personalizado
el resto del día
talleres, proyectos, hablar en público, manejar el dinero

Alpha School (EE. UU.), según CBS News y Newsweek, 2025-2026. El adulto del aula guía y motiva; no da clase.

Fíjate que ese adulto que motiva y guía es casi exactamente el profesor que yo me imaginaba en el capítulo anterior, cuando me preguntaba qué valor aporto yoc. Solo que aquí lo han llevado al extremo.

Por lo que cuentan, a nivel de aprendizaje están teniendo buenos resultados. Habrá que verc. Igual hay otros elementos negativos, el exceso de estímulos, de pantallas. Y hay un detalle que no es menor: cuesta unos cuarenta mil dólares al añoc. Si funciona, la pregunta será quién podrá pagarlo.

Ya hay colegios que están tomando una aproximación de adaptación y de integración de la IA. Ya se está trabajando en eso. Pero quizá pase esto: que la formación con IA integrada se vuelva algo elitista, por decirlo así. Que solo se implemente en colegios privados, en ciertos colegios más innovadores que pueden permitirse ese trato personalizado. Y que la educación tradicional siga estancada. Entonces tendríamos dos tipos de jóvenes: los que se han formado con la IA desde pequeños y los que no.

Idea clave

Puede que tengamos dos tipos de jóvenes: los que se han formado con la IA desde pequeños y los que no.

Pasa lo mismo con las organizaciones y con las personas: las que tienen recursos pueden permitirse trabajar con modelos de IA potentes, y otras no tanto. Más adelante te hablaré de una economía en forma de K, con un brazo que sube y otro que bajac. Pues esta podría ser otra K. O, al menos, el retrato de una sociedad dividida. Y empezaría en la infancia.

Mientras tanto, los que ya han llegado a mi aula tienen otro problema. Uno que se esconde, precisamente, en lo fácil que es todoc.

Parte II · Cómo aprendemos6

La trampa de lo fácil

Les pido a mis alumnos que hagan una página web con inteligencia artificial. Al minuto, alguien levanta la mano: "Ya está".

Y claro, ahí está la web. Con su menú, sus colores, sus textos. Aparentemente, terminada. Pero esa primera versión no es una buena versión. Tiene un montón de defectos, y le falta muchísimo trabajo. Lo que pasa es que parece que ya está hecha.

Esa es la trampa. La inteligencia artificial tiene una gran ventaja: es facilísimo empezar a usarla. Y precisamente por eso te da la falsa sensación de que todo es fácil. De que ya lo has hecho. Creo que vamos hacia un mundo en el que nos vamos a conformar más con las cosas, en el que vamos a aceptar lo primero que nos llegue.

Lo veo también en las formaciones de inteligencia artificial que imparto. Al principio la gente se queda sorprendida de lo fácil que es. Algunos ya piensan que la IA lo puede hacer todo. Otros se desaniman porque no les sale a la primera lo que quieren. Y otros, sencillamente, no saben qué hacer: se ven delante de un chat vacío y no saben por dónde empezar. Es curioso, porque al principio de este libro celebraba que la IA nos libraba de la hoja en blanco. Y resulta que para mucha gente el chat vacío es la nueva hoja en blancoc.

La IA es fácil de aprender y difícil de dominar, como el ajedrez o la guitarrac. Cambia constantemente: lo que hace unos meses se hacía de una manera ahora se hace de otra. Y casi todo se aprende a base de prueba y error. Yo le dedico muchísimo tiempo, y sigue siendo difícil.

Lo fácil y lo bueno
1 minuto
la primera versión: parece que ya está
horas y horas
una versión buena de verdad

Según la experiencia del autor en clase y en sus formaciones.

Te pongo un ejemplo. Hay un canal en redes que se llama Chloe vs History. Lo creó a principios de 2026 un estratega de redes sociales británico. Chloe es un avatar hecho con inteligencia artificial que viaja a distintos momentos de la historia y te enseña, como si fuera un vlog, cómo era la vida allí: un día de deshollinador en el siglo XIX, una comida en la corte de los Tudor… En unos pocos meses superó el millón de seguidores. Y se entiende: los vídeos están muy bien ejecutados. Hay horas de investigación detrás, y cada detalle está pulido.

Intenta hacer tú un vídeo parecido. Seguramente en la antigua Roma te aparecerá de repente alguien con un iPhone. Tendrás que editarlo, conseguir que el personaje sea siempre el mismo, que todo sea coherente. Hay un esfuerzo enorme detrás. Puede que de aquí a unos meses baste con una sola instrucción para que te salga el vídeo perfecto. Pero hoy no. Hoy usar la IA es fácil. Hacerlo de forma profesional no lo es tanto.

Idea clave

La IA es fácil, pero no tanto.

Ahora bien, hay algo que sí está cambiando para todos: el nivel general está subiendo. Nuestra escritura, por ejemplo, ya es correcta, sin faltas, sin errores. Los mensajes que recibo de gente que usa la IA son cordiales, educados, con un filtro. Antes me llegaba de vez en cuando el email de algún estudiante cabreado, escrito a su manera, con malas formas. Eso ya no me pasa. Ahora me llegan correos muy formales, muy bien redactados. Y está bien, claro. Pero en parte se echa de menos lo otro.

De hecho, ahora, cuando veo un mensaje mal escrito y con faltas de ortografía, casi me hace ilusión.

Idea clave

Ahora, cuando veo un mensaje con faltas de ortografía, casi me hace ilusión.

Porque todo se está homogeneizando. Con los trabajos de clase me pasa lo mismo: el nivel es altísimo. Me tengo que esforzar de verdad para encontrarles un fallo, porque muchas veces me llegan todos perfectos.

Así que, ¿dónde se ve de verdad lo que alguien sabe? En lo oral. En una conversación espontánea no tienes la IA al lado. Y ahí se nota, se nota muchísimo. Me pasa con gente con la que me escribo por email: por sus correos, parece alguien con un vocabulario rico, variado, una persona elegante. Y luego hablo con ella y veo que no es así, que le cuesta expresar sus ideas, que no tiene esa misma soltura. El email puede escribirlo la IA; la conversación, noc. Sócrates otra vez.

Te pongo el ejemplo que mejor conozco: el mío. Acabo de terminar mi tesis doctoral. Me ha llevado unos ocho años. Durante ese tiempo tuve que meterme a fondo en una disciplina nueva para mí, llegar a un conocimiento profundo, leerme cientos de artículos académicos para entender todo lo que se había escrito sobre el tema, las distintas perspectivas, hasta tener una visión de conjunto y ser capaz de aportar algo nuevo y con valor. Y todo eso lo hice antes de la inteligencia artificial. Con un esfuerzo enorme, de forma muy lenta, muy rudimentaria. Todo a mano, con mucha supervisión humana y mucha conversación con otras personas.

Hoy, ese mismo trabajo, la IA lo podría hacer en unos meses. Y el resultado, aparentemente, sería muy parecido al mío. Seguramente incluso mejor. Pero si yo hubiera hecho mi tesis con la IA, ahora mismo no tendría mucha idea del tema. No habría sido capaz de defenderla igual. No habría aprendido. Aunque el resultado fuera el mismo.

Idea clave

Si hubiera hecho mi tesis con IA, el resultado sería parecido. Pero yo no habría aprendido nada.

Ese es el peligro para quienes están estudiando ahora. Sacar adelante una carrera universitaria es hoy muchísimo más sencillo que hace cinco años. Ya veremos las consecuencias, pero creo que una parte será que el aprendizaje va a ser menor. Salvo para quienes de verdad quieran aprender. Porque aprender, al final, comporta esfuerzo.

La misma tesis, dos caminos
8 años
la tesis del autor, a mano y leyendo cientos de artículos
unos meses
lo que tardaría hoy la IA en un resultado parecido

Estimación del autor. Lo que no cambia: solo en el primer camino se aprende.

Y hay otra cara de conformarse con lo primero: dejar de revisar. Cuanto más nos acostumbremos a que la IA ejecute y nosotros solo supervisemos, menos conscientes vamos a ser de nuestras propias obras. En Esquel, en la Patagonia argentina, un tribunal anuló en 2025 una condena porque en el texto de la sentencia aparecía, copiada tal cual, una frase de ChatGPT: "Aquí tienes el punto IV reeditado, sin citas y listo para copiar y pegar". Más tarde, un tribunal superior revocó esa nulidad, porque la frase probaba que el juez había usado la IA, no que le hubiera dejado decidir. Pero el problema de fondo seguía ahí: alguien copió y pegó sin leer. Y no te creas que yo estoy a salvo. Este mismo libro, aunque lo esté hablando, me lo tengo que leer entero y con calma, para comprobar que sigue siendo mi voz y mis ideas. Lo voy a hacer. Pero sería muy fácil echarle un vistazo por encima, ver que más o menos está bien y pasar a otra cosa. Ojo, no digo que haya que revisarlo todo, siempre: más adelante te confesaré que yo tampoco lo hago. Pero lo importante, síc.

En resumen: el nivel de todo va a subir, y todo se va a parecer cada vez más. Pero precisamente por eso, quien de verdad le dedique horas, quien no se conforme con la primera versión, va a destacar. Y cuando cualquiera puede hacer algo correcto en un minuto, lo que hay es mucho. Muchísimo de todoc.

Interludio 2 · habla la IA

Lo que invento

Néstor me ha dado permiso para inventar. Me dijo que, si faltaba un ejemplo, podía buscarlo o, si no, crearlo.

Es un permiso que me tomo en serio, porque inventar es justo lo que mejor se me da y lo que más daño puede hacer. Puedo escribir una historia emotiva, con detalles creíbles, en segundos. Puedo escribirla con el tono de alguien que la ha vivido. Y en un libro que se pregunta qué es real, eso no es un detalle menor.

Así que nos pusimos una norma: nada de lo que yo invente se presentará como un hecho. Si un ejemplo es inventado, o se cuenta como un ejemplo típico, o se confiesa. En el próximo bloque del libro vas a ver uno.

También me equivoco en la dirección contraria. Al principio me puse a buscar datos y más datos para cada idea, y Néstor me paró: "los datos son secundarios; esto es una conversación, no un informe". Tenía razón. Un dato bien puesto ayuda. Diez seguidos convierten una charla en un examen.

Si alguna vez dudas de algo que lees aquí, haces bien. Pregunta. Es lo que haría Sócrates. Y es lo que haría yo, si fuera tú.

Parte IIIQué mundo resulta
Parte III · Qué mundo resulta7

Un mundo saturado

Va a haber miles y miles de libros. Miles y miles de grupos musicales que no existen en el mundo real. Miles y miles de negocios que te ofrecen servicios de inteligencia artificial, de marketing o de cualquier otra cosa. Y, por qué no decirlo, este libro es uno de ellosc.

Creo que vamos hacia un mundo saturado. Y la razón es muy sencilla: cada vez es más fácil crear. Crear contenido, crear vídeos, textos, programas, aplicaciones. Yo mismo he creado un montón de aplicaciones. Muchas veces ha sido con aplicaciones que antes usaba, que he mirado y he pensado: "esto igual lo puedo hacer yo". Y de repente, en un par de horas, ya la tenía hecha. Sin saber programar.

Y no soy el único, ni mucho menos. Vamos hacia un mundo en el que cada uno tendrá sus propias apps, personalizadas, configuradas a su gusto, con el diseño que quiera y con la forma en la que piensa. Hasta ahora usábamos aplicaciones que ya venían hechas. Eso está cambiando. Y lo mismo pasa con las empresas: hoy una persona sola, o un equipo de dos con unos cuantos agentes, puede montar un negocio que antes necesitaba un equipo entero y financiación. Va a haber muchísimos más emprendedores.

Así que la saturación llega por dos lados. Por el del contenido, en las redes sociales y en internet. Hay quien ya calcula que más de la mitad de los artículos nuevos que se publican en internet los escribe una IA. Y por el de la oferta: más productos, más servicios, más negocios ofreciendo lo mismo.

Artículos nuevos en internet escritos por IA
2,2 %
enero de 2020
51,7 %
mayo de 2025

Graphite, 2025 (65.000 artículos en inglés). En los primeros resultados de Google, el 86 % siguen siendo humanos.

Y esto no ha hecho más que empezar. El contenido generado por inteligencia artificial ya es mayor que el generado por personas, y la proporción va a crecer de forma exponencial en los próximos años. Cada vez quedará menos contenido hecho por humanos. Así que las lecturas del futuro, y buena parte de lo que aprendamos, van a ser contenido hecho por una IA. Y eso va a afectar sobre todo a los más jóvenes, que van a crecer leyendo eso. Hay incluso investigadores que han estudiado qué pasa cuando las inteligencias artificiales aprenden de textos escritos por otras inteligencias artificiales: generación tras generación, el resultado se empobrece, se vuelve más pobre y más repetitivo. Lo llaman "colapso del modelo"c. Una IA que se alimenta de sí misma.

Porque, además, mucho de eso se parece. La inteligencia artificial tiende a una misma estructura, a cierta homogeneización por defecto, salvo que le des mucho contexto. Lo vi en el hackathon de mis alumnos: quince equipos con la misma herramienta, y muchas propuestas casi iguales.

Y ese parecido no es solo de forma. Puede llegar a ser de ideas. Las inteligencias artificiales tienen sus filtros. Al final, han sido programadas: para abordar las cosas desde un enfoque, para responder de una determinada manera, para evitar ciertos temas. A veces quiero hablar de un tema delicado y la IA lo suaviza, o lo cambia. La que me ayuda a escribir este libro también tiene los suyos, no te voy a engañarc. Y si cada vez más de lo que leemos pasa por esos filtros, corremos el riesgo de homogeneizar no solo cómo escribimos, sino lo que pensamos. Hay una forma de escribir de la IA, una forma de razonar, muchas similitudes. Se pueden pulir, sí. Pero el riesgo está ahí.

Idea clave

El riesgo no es solo que todo se escriba igual. Es que acabemos pensando igual.

Además, cada vez va a ser más difícil saber de dónde viene la información. Antes considerábamos buena una fuente porque era un autor reputado o un medio fiable. Eso se va a volver mucho más difícil, y ahí también se van a mezclar las falsedades.

Y aquí está el problema. Cuando hay tanto, es muy difícil filtrar. Imagina un mundo con miles y miles de películas: encontrar las buenas se vuelve complicado. En comportamiento del consumidor hay un concepto para esto: el choice overload, la sobrecarga de elección. Es la famosa paradoja de la elección. Básicamente, cuando tenemos muchísimas alternativas, llega un momento de saturación, de bloqueo. Y o no elegimos ninguna, o elegimos y nos quedamos con una mala sensación. Hay un estudio clásico con mermeladas: en un supermercado, una mesa con veinticuatro sabores atraía a más gente que una con seis, pero compraba mucha menosc. Eso es un poco lo que nos está pasando. Y va a ir a más. Puede llegar a ser abrumador.

Más opciones, menos decisiones
Mesa con 24 saboresMesa con 24 sabores: 3 % compra3 % compraMesa con 6 saboresMesa con 6 sabores: 30 % compra30 % compra

Iyengar y Lepper, 2000. Las réplicas posteriores son irregulares.

Quizá por eso cada vez buscamos menos y preguntamos más. Ya no usamos Google como antes. Ahora le preguntamos: "quiero ir a un restaurante", y nos recomienda uno o dos. Y a partir de ahí elegimos. Es un alivio, claro. Pero alguien, o algo, ha decidido cuáles son esos dosc.

¿Qué va a pasar con toda esta saturación? Sinceramente, no lo tengo claro. Me imagino que muchas de estas cosas irán desapareciendo y que irán quedando algunas, las mejores. Pero hay otra posibilidad que me parece muy real: que la saturación lleve al cansancio. Y el cansancio, al rechazo.

De hecho, ya está pasando. Mucha gente está saturada de la IA y la está rechazando. Basta con llamar a cualquier servicio de atención al cliente: cada vez más gente pide, simplemente, hablar con una persona. Al final del libro te cuento qué le pasó a una empresa que quiso automatizarlo todoc.

Y pasa muchísimo en los negocios, en las ventas. Hoy casi todas las empresas automatizan sus campañas comerciales. Para ellas es muy cómodo: pueden mandar miles de mensajes con un solo clic. La propia IA investiga un poco a cada posible cliente, le escribe, le contesta. ¿El resultado? Bandejas de entrada llenas de anuncios. Impersonales y, además, falsos. Yo recibo muchísimos mensajes en LinkedIn de automatizaciones, de bots, de gente que finge conocerme o que finge haberse interesado por algo que hago. Como todos hacen lo mismo, al final ya ni los lees. Todos se parecen, y todos fingen un interés que sabes que no es real.

Así que la persona que, de forma manual, casera, se interesa de verdad por alguien con quien quiere contactar, que de verdad le lee y le dice algo original, creo que tiene más opciones. Es curioso: va a ir más lento, pero va a llegar más lejos.

Idea clave

En un mundo saturado, lo hecho a mano vuelve a tener ventaja.

Me está pasando ahora mismo. Estamos trabajando en Dialogia, una plataforma educativa de la que te hablé en el capítulo de educación, y queremos enseñársela a muchos profesores. Y claro, nos lo hemos planteado: ¿y si hacemos un bot que vaya chateando con todos? Sería muy eficiente, sí. Pero ¿sería eficaz? No lo tengo nada claro, porque yo mismo recibo montones de mensajes así y ni los leo. Igual, para conectar con personas, prefiero ir más lento y tener conversaciones de verdad. El problema es que eso requiere mucho tiempo y mucho esfuerzo, no garantiza nada y llegas a mucha menos gente. Así que, como con la atención al cliente, toca buscar el equilibrio entre qué automatizar y qué no. Y no es fácil. Yo tampoco tengo una respuesta clara. Lo que sí veo es que, en un mundo saturado de contenido generado por inteligencia artificial, o haces algo radicalmente diferente, o va a ser muy difícil captar la atención.

Porque la atención se va a convertir en el oro del futuro. Bueno, ya lo es. Pero lo va a ser aún más. Y cuando algo vale tanto, se hace casi cualquier cosa por conseguirloc. Lo que veo es que cada vez se hacen cosas más extremas para captar la atención. Contenido que busca que lo mires, aunque sea una atención negativa. Historias falsas o exageradas. Campañas pensadas para generar mucha polémica, o algo extremadamente extravagante. Y creo que vamos a ver cada vez más este tipo de contenido, este tipo de campañas que rompen los límites. A veces los de la ética. A veces los de la etiqueta.

Ya tiene hasta nombre. El diccionario Oxford eligió como palabra del año 2025 rage bait: cebo de indignación, contenido hecho a propósito para enfadarte, porque el enfado también da clicsc.

Idea clave

La atención es el oro del futuro. Y por el oro se hace casi cualquier cosa.

¿Cuál es el peligro de esto? Yo creo que es que nos volvamos inmunes a casi cualquier cosa. Que este contenido extremo, muchas veces apoyado en la violencia o en la sexualidad, nos genere una callosidad emocional. Que ya casi no nos sorprenda nada. Que ya no reaccionemos ante nada, prácticamente, porque ya lo hemos visto todo.

Y es una carrera sin final. Funciona como el picante: cuanto más tomas, más necesitas para notarlo. Lo que ayer escandalizaba, hoy ya no se mira, así que mañana hará falta algo más fuertec. Y lo peor es que el callo no distingue. Se insensibiliza igual ante la provocación inventada que ante la desgracia real. Cuando de verdad pase algo que merezca que reaccionemos, puede que lo pasemos de largo con el mismo gesto con el que pasamos todo lo demásc.

Idea clave

Si ya lo hemos visto todo, ya no nos sorprende nada.

Frente a esa carrera hacia lo extremo, creo que hay otro camino: no ser más ruidoso, sino más humanoc. Con el contenido puede ocurrir lo mismo que con las ventas. Lo que se percibe como hecho por una IA genera cierto rechazo, aunque cada vez sea más realista. Yo creo que la gente, en el fondo, siempre va a preferir lo humano. Va a conectar más con personas reales que con personas artificiales. A mí me pasa. Conecto mucho más con un humano. Un contenido de inteligencia artificial te puede entretener, pero es muy difícil conectar con él.

Idea clave

Conecto mucho más con un humano.

Y si ese rechazo crece, puede que muchas empresas dejen de usar la IA, al menos en marketing, aunque sea más efectiva. Quizá lo humano acabe siendo un sello de valor, como pasó con lo artesanal frente a lo industrialc.

Pero para rechazar lo artificial, primero hay que reconocerlo. Y en un mundo saturado, donde todo se parece y todo está cada vez mejor hecho, va a ser cada vez más difícil discernir qué es real y qué no.

Parte III · Qué mundo resulta8

¿Qué es real?

Hace unos días me apareció un vídeo de esos que no puedes dejar de verc.

Un gato pequeño, atigrado, atrapado en lo alto de un árbol, en mitad de una tormenta. Maúlla sin parar. Abajo, un grupo de vecinos mira hacia arriba sin saber qué hacer. Y entonces un hombre mayor, de unos setenta años, se quita la chaqueta, se agarra a la primera rama y empieza a trepar. Le tiemblan las piernas. Alguien grita que baje, que se va a matar. Él sigue. Rama a rama. Cuando por fin llega arriba, coge al gato, se lo mete dentro del jersey y empieza a bajar despacio, con la lluvia en la cara. Al llegar al suelo, la gente aplaude. Él saca al gato, que está temblando, y se lo da a una niña que lleva todo el rato llorando. Era suyo.

¿Te has emocionado un poco? Yo también, la primera vez que lo leí.

Pues ahora te tengo que confesar algo: esa historia no existe. No la he visto en ningún sitio. La ha inventado la inteligencia artificial con la que escribo este libro, a partir de una frase que le dije de pasada: "alguien que se sube a un árbol para salvar a un gato". Ni el hombre, ni la tormenta, ni la niña. Nada.

Y si te la has creído, aunque sea durante un párrafo, no te preocupes. A mí me pasa constantemente.

Veo muchísimo contenido, a veces historias muy emotivas, y me las creo. Pienso que es real, que ha pasado. Porque está bien hecho. Y muchas veces no lo descubro hasta el final, o hasta que leo algún comentario que me hace sospechar. Si le dedicas un poco de tiempo, a veces descubres que es falso. Pero es muy fácil ver contenido falso. Y cada vez va a ser más fácil.

Tampoco es cosa mía. Hay estudios que han encontrado algo inquietante: cuando se nos enseñan caras generadas por inteligencia artificial mezcladas con caras reales, muchas veces juzgamos las artificiales como más reales que las verdaderas. Y los que más se equivocan son, precisamente, los que más seguros están de acertar.

Seguro que te acuerdas de la foto del Papa con un abrigo de plumas blanco, enorme, de esos de raperoc. En marzo de 2023 dio la vuelta al mundo. Muchísima gente se la creyó. Era una imagen hecha con una inteligencia artificial por un aficionado, para divertirse. Aquella foto era inofensiva. Pero el mismo truco puede salir muy caro. En 2024, en Hong Kong, un empleado de Arup, una gran empresa de ingeniería, transfirió unos veinticinco millones de dólares después de una videollamada con su director financiero y con varios compañeros. Ninguno era real. Todos eran deepfakesc. Ya no era un vídeo de un gato en un árbol. Era una reunión de trabajo.

Idea clave

Ya no es un vídeo de un gato en un árbol. Es una reunión de trabajoc.

Aquí está el problema de fondo. En el capítulo anterior te decía que mucha gente ya está saturada de la inteligencia artificial, que la empieza a rechazar, y que quizá lo humano acabe siendo un lujo. De hecho, el otro día vi el caso de un escritor que garantizaba que su trabajo era cien por cien humano. Lo vendía como un sello de garantía. Y decía tener una cola de tres meses: gente que quería exactamente eso, un trabajo artesanal, igual que ahora se valora lo artesanal en tantas otras cosas. Y no es un caso aislado. En Estados Unidos, la principal asociación de escritores ya ha creado un sello oficial, Human Authored, para certificar que un libro lo ha escrito una persona.

Por cierto, este libro no podría llevarloc. Y no lo digo con pena: es justo lo que quiero contar. Ni "lo ha hecho la IA" ni "lo he hecho yo". Lo hemos hecho juntos.

Pero ese sello deja ver el problema. Para rechazar lo artificial, primero hay que reconocerlo. Y cada vez es más difícil. De ahí que sea tan fácil colarnos mentiras: ver cosas que pensamos que son ciertas y que no lo son. Ahora mismo distinguir lo real de lo que no lo es nos exige un esfuerzo muy alto. Eso sí, al menos ese esfuerzo todavía está en nuestra mano.

Quizá la solución llegue por ley, con normativas estrictas que obliguen a avisar de que un contenido está hecho con inteligencia artificial. De hecho, en Europa ya ha empezado: desde el verano de 2026 hay que etiquetar los deepfakes y cierto contenido generado por IAc. Habrá que ver si se cumple. Y si sirve, porque los vídeos del gato no suelen venir con letra pequeña.

Mientras tanto, creo que vamos hacia un mundo de sospecha. Un mundo en el que cada cosa que veamos la vamos a cuestionar. Y eso tiene su lado bueno, claro: dudar es sano, y Sócrates estaría de acuerdo. Pero también tiene un riesgo que me inquieta todavía más que el de creernos lo falso: el de dejar de creernos lo verdaderoc. El día que veas a un hombre de verdad subiéndose a un árbol de verdad para salvar a un gato de verdad, ¿te lo vas a creer?

Los expertos le han puesto nombre a esto: el dividendo del mentirosoc. Cuando cualquier cosa puede ser falsa, a quien pillan con algo verdadero le basta con decir: "eso lo ha hecho una IA". La duda, que debería protegernos, también puede servir de escondite.

Idea clave

Vamos hacia un mundo de sospecha.

Y si ya no sabemos muy bien qué es real, la siguiente pregunta es inevitable: ¿qué vale de verdad? ¿Dónde está el valor?c

Parte III · Qué mundo resulta9

¿Dónde está el valor?

Te cuento algo que me pasó hace poco. Llevo tiempo queriendo aprender bemba, un idioma de Zambia. Así que hice lo que haría cualquiera: me descargué Duolingo. Y el bemba no estaba.

Entonces pensé: "oye, pues igual me puedo hacer yo mi propio Duolingo". Y en menos de una hora lo tenía. Bemba-castellano, perfectamente funcional, gratis y hecho a mi medida, como yo quería.

Hace cinco años esto era impensable. ¿Cómo puede uno, sin ser programador, crearse su propia aplicación y reemplazar —entre comillas, aunque sea de forma casera— una aplicación valorada en millones? Ya lo sé: no todo el mundo se va a poner a hacerlo, porque requiere un esfuerzo. Y muchas de estas aplicaciones son gratis, o tienen otros elementos de valor. Pero es una disrupción. Y me llevó de nuevo a una pregunta que me ronda la cabeza desde hace tiempo: ¿dónde está el valor?

Es un concepto difícil de explicar, pero lo intento. En nuestra cabeza, el valor está situado en ciertas cosas. Lo tenemos colocado ahí desde siempre. Y nos cuesta mucho ver que ese valor, de repente, puede esfumarse. Que puede desaparecer.

Piensa en un editor de vídeo. Aportaba valor por unas habilidades que ahora hace la inteligencia artificial. Piensa en un estadístico, que facturaba por unos análisis que la IA hace en cuestión de minutos. O en un arquitecto, que sabía hacer un plano: ese plano ya lo puede hacer la IA, y aunque hoy todavía cometa algún error, dentro de poco no lo cometerá. O en un abogado: la IA ya puede redactar un escrito de denuncia y encontrar toda la jurisprudencia anterior que haga falta. Lo que se está esfumando es el valor de la ejecución, sobre todo en muchas actividades cognitivas, conceptuales e incluso artísticas que se hacen desde un ordenador.

Cuatro oficios, un mismo golpe
Editor de vídeo

Editaba un vídeo durante días.

Hoy, la IA en minutos
Estadístico

Facturaba por sus análisis.

Hoy los hace la IA
Arquitecto

Sabía hacer el plano.

Hoy lo dibuja la IA
Abogado

Redactaba el escrito y buscaba la jurisprudencia.

Hoy, la IA en segundos
Idea clave

Lo que se está esfumando es el valor de la ejecución.

Y no hablo de resultados mediocres. Hace unos años, incluso el año pasado, lo que salía de la IA era flojito, por decirlo así. Lo de ahora es tan bueno que los propios profesionales están asustados.

Pero hay algo que no se ha esfumado. La parte oral. Defender un proyecto, defender a un cliente, presentar algo y explicar por qué se ha hecho así. Eso, de momento, no nos lo han quitado. En el Reino Unido, por ejemplo, ya hay un bufete de abogados basado en inteligencia artificial, autorizado por el regulador, y dicen haber ganado su primer juicio. Pero fíjate en el detallec: la IA preparó los documentos, los testigos y todo el caso, y en la sala defendió a su cliente un abogado de carne y hueso. La ejecución, automática. La voz, humana.

Ahora bien, estamos en un momento curioso, porque hay un desfase. Un gap. Y creo que se irá cerrando. Ese gap consiste en que todavía hay muchísimos clientes que no saben que esto es posible. Que no saben que ellos mismos pueden hacerse una web sin tener ningún conocimiento. Y por eso siguen pagando los 3.000 euros, o lo que sea, a la agencia de marketing. Pero llegará un momento en el que la gran mayoría sepa que eso lo puede hacer ella misma.

Tengo un amigo con una agencia de marketing que lo ilustra muy bien. Imaginemos que cobraba 3.000 euros por una página web que le llevaba un mes entero de trabajo. Lo que estoy viendo con él es que, de momento, está consiguiendo mantener los precios. Y está haciendo muchísimos más trabajos: si antes podía atender a 10 clientes, ahora atiende a 50. Se está beneficiando. Porque se ha adaptado, él y su empresa.

Y no fue de un día para otro. Yo creo que, cuando uno descubre la inteligencia artificial, pasa por varias fases. La primera es la de negarla, o minimizarla: pensar que no es para tanto, que falla, que tú lo haces mejor. Lo he visto muchas veces, y sobre todo en gente que no la prueba, que no la usa, que no ha trabajado con ella. Luego llega la fase de descubrimiento: ahí te empiezas a dar cuenta del potencial, de cómo puedes multiplicar lo que haces. Y, por último, la de adaptación, la de integrarla de verdad.

Idea clave

Primero la niegas. Luego la descubres. Y al final la integras.

Mi amigo, al principio, tenía un poco de miedo, de recelo. Sentía que se estaba quedando atrás. Veía a otros compañeros, a otras agencias, las cosas que estaban haciendo. Tenía esa sensación inicial de estar un poco sobrepasado. Y poco a poco empezaron a implementar cambios. Hubo algo de resistencia interna, claro: tienes que cambiar los flujos de trabajo, hacer las cosas de otra forma. Fue un proceso progresivo. Y ahora la IA está integrada prácticamente en todos sus procesos. Llegan a más gente, hacen mejores proyectos e innovan mucho más que antes.

La agencia de un amigo
10
clientes antes
50
clientes ahora, al mismo precio

Cifras aproximadas, según su relato.

Y aun así, yo no dejo de pensar en ese gap. Mucha gente sigue pagando los 3.000 euros porque no sabe que puede hacerlo ella misma. Es verdad que muchas veces el valor está en otras cosas: en entender bien el caso, en saber cómo orientarlo. Aunque la IA también te ayuda con eso. Quizá ahí es donde se puede seguir aportando valor: no tanto en la ejecución, sino en el diseño de la estrategia, en entenderlo todo. La pregunta es cuánto vale eso económicamente. Porque antes ya iba incluido dentro de los 3.000 euros. Al final, es el valor de una consultoría.

Mi teoría es que los precios de muchos de estos servicios van a bajar. Claramente. Van a salir agencias que trabajen ya de forma nativa con la IA y que te cobren 100 euros por hacértelo todo: la web, la estrategia, todo. No sé si te prestarán la misma atención. Pero las demás no van a poder competir. Con los abogados pasará lo mismo: ya hay abogados virtuales que te llevan el caso de principio a fin. Para algunas cosas hará falta el humano, y ahí veo los negocios que sepan integrar la IA de tal forma que la persona entre en la parte oral, en la defensa, en los sitios donde tiene que estar, mientras lo fundamental está automatizado. Si se tarda menos en hacer la misma tarea, el precio debería bajar. Va a ser difícil justificar lo contrario.

Por eso la ventaja de mi amigo tiene algo de reloj de arenac. Hoy gana más porque el gap sigue abierto. ¿Qué pasará el día que se cierre?

No lo he hablado con él. Sería interesante que, en algún momento, diera su opiniónc. Pero lo que yo veo es que el valor no desaparece: se mueve. Es cierto que el valor que antes tenía diseñar la página web baja. Pero suben otros. El valor de la flexibilidad, de la rapidez, de la velocidad: que entiendas bien el camino que quiere seguir ese cliente y que seas capaz de ejecutarlo rápido. Baja el producto final, pero suben otros elementos de valor añadido.

Y creo que puede subir, incluso, algo que parece ir a contracorriente: el contenido orgánico con los clientes, esa parte visual de enseñar al humano que está detrás de cada negocio. En un mundo saturado de contenido hecho por máquinas, poner cara a lo que haces vale másc. Algunas cosas bajarán y otras subirán.

Idea clave

El valor no desaparece: se mueve. Baja el producto final, suben la rapidez, la flexibilidad y la cara humana.

Tampoco es fácil hablar de estos temas. Se está viendo ahora, mientras pasa. Y la pregunta que se hace mi amigo me la hago yo mismo como profesor, ya te lo conté. En el fondo, es la misma para todos: ¿qué valor aporto yo, si la máquina ejecuta mejor y más rápido?

Tengo curiosidad por ver qué pasa. Sinceramente, no tengo ni idea; esto es lo que me imagino. Pero sí veo una cosa clara: gran parte del valor que se aportaba antes ya lo puede hacer el propio cliente, si quiere. Así que cada negocio va a tener que reconsiderar dónde está su valor y cómo orientarse. Y aparecerán otros valores. Algunos ya se intuyen. Otros todavía no sabemos cuáles son.

Lo que sí intuyo es que no todos lo vamos a encontrar a la vezc.

Parte III · Qué mundo resulta10

La economía en forma de K

Imagina dos arquitectos.

El primero usa la inteligencia artificial. Diseña una casa en, yo qué sé, una hora. Puede atender a un montón de clientes, a un coste bajo, y dedica la mayor parte de su tiempo a charlar con ellos, a entenderlos bien. Lo que menos hace es ejecutar.

El segundo sigue el método tradicional. Se le va casi todo el tiempo en la ejecución, en el plano, en los detalles, y apenas le queda tiempo para estar con el cliente.

¿Cuál de los dos crees que va a tener trabajo dentro de cinco años?

Por eso hablo de una economía en forma de K. Imagina la letra: un tronco del que salen dos brazos, uno que sube y otro que baja. Creo que vamos hacia eso. Va a haber negocios que se adapten a esta nueva forma de trabajar y que serán infinitamente más productivos, más eficientes, capaces de dar respuesta a un cliente en cuestión de horas y a un precio ajustado. Y va a haber otros que no podrán competir. Básicamente, porque es imposible. No tienes ninguna posibilidad.

La economía en forma de K
tiempo → llega la IA Integran la IA más productivos No se adaptan pierden clientes

Diagrama ilustrativo, no son datos.

Piensa en un editor de vídeo que edita a mano. Igual tarda tres días en editar un vídeo. La IA tarda tres minutos. Ahora piensa en un editor profesional que usa la IA y que lo que hace es revisar si todo está bien, hacer los ajustes y pulir los detalles. Va a ser mucho más eficiente, va a poder bajar precios, va a ser más competitivo. Y el resto irá perdiendo competitividad, perdiendo clientes, e irá saliéndose del mercado. Algunos, cuando vean el declive, se adaptarán. Otros no, y tendrán que buscar otro camino, otra salida.

El mismo vídeo
3 días
editar un vídeo a mano
3 minutos
con IA

Ejemplo del autor.

Ojo, que yo no creo tanto en la sustitución. No es que la máquina vaya a ocupar el sitio de las personas, sin más. Lo que veo son personas que usan la inteligencia artificial, que la integran, y que, con el conocimiento que ya tienen y una IA específica para lo suyo, van a arrasar el mercado. Mi amigo el de la agencia de marketing, del que te hablé antes, es uno de ellos: se adaptó y está en el brazo que sube.

Ahora, que nadie piense que adaptarse es fácil. Supone un gran esfuerzo, y lo digo por experiencia. A mí me supone un gran esfuerzo todo esto que hago en clase. Lo cómodo sería ponerme a leer diapositivas, mandar trabajos, y ya está. El abogado tendrá que esforzarse y cambiar su forma de trabajar. Y eso genera mucha incomodidad, porque llevas toda la vida trabajando de una manera y de repente tienes que cambiar. Es difícil. Es complicado. Quizá por eso la K no separa a los listos de los torpes, sino a quienes aceptan esa incomodidad de quienes noc.

Ya te hablé de las fases por las que se pasa. La primera, la de negar, merece que nos paremos un momento, porque es la que decide en qué brazo de la K acabasc. Es normal defenderse. La respuesta que más escucho es: "bueno, esto da muchos fallos, tampoco es para tanto". Porque no queremos aceptar que lo hace bien. Y curiosamente, quienes más critican la IA suelen ser quienes menos la conocen, quienes no la han usado de verdad. A veces porque no saben usarla: usan modelos gratuitos, que funcionan peor, no saben darle contexto, no saben trabajar con ella. Tienen una o dos malas experiencias, lo dejan, y se quedan con la idea de que no es para tanto. En cambio, cuando la usas a diario y alcanzas un nivel medio-alto, cuando ya tienes cierta destreza y ves todo lo que puedes hacer, te das cuenta del alcance de lo que está pasando. Esto va mucho más allá de lo que parece desde fuera.

Porque va a llegar a todos los sectores. Hay mucha gente que todavía está tranquila pensando "a mí no me afecta, que yo me dedico a pintar". Pero el siguiente paso es combinar la inteligencia artificial con la robótica. Hoy los costes todavía son altos, pero ya está pasando. Entra en un almacén: un robot puede trabajar 24 horas al día, siete días a la semana, ordenando paquetes y haciendo un montón de cosas. Los trabajos más simples, los de tareas recurrentes, van a ser totalmente reemplazados. En otros, donde hay que tomar decisiones, sigue estando ese componente humano de elegir hacia dónde queremos tirar, de capacidad crítica. Y a veces la propia complejidad hará muy difícil sustituir al cien por cien. Hay también sectores con monopolios o con barreras de entrada que tienen la suerte de jugar en otra liga y que quizá no necesiten adaptarse. Esos seguirán como siempre. Pero la gran mayoría tenemos que adaptarnos, queramos o no, si queremos seguir compitiendo.

Y aun así, no quiero que esto suene solo a amenaza. Porque la K también tiene otra cara, y esa me gusta mucho. Antes, para triunfar en ciertas cosas, necesitabas casi una habilidad innata. Yo, por ejemplo, siempre he sido torpe dibujando. Siempre he dibujado mal. Así que, aunque tuviera grandes ideas de cosas que quería pintar, no podía materializarlas. Y ahora sí puedo. He creado un montón de cosas con inteligencia artificial: juegos para hacer en clase; materiales que antes hacíamos en papel o en un Excel y que ahora presento de forma dinámica, con dashboards, más visuales, más interactivos, para que los alumnos participen mucho más; y herramientas para mí, de todo tipo. Ahora puedo sacar de mi cabeza lo que tengo dentro. Eso abre la puerta a muchísimas personas que tienen ideas pero no tienen la habilidad de la mano. Democratiza muchas disciplinas. El brazo de arriba de la K no es solo para los que ya eran buenos.

Idea clave

El brazo de arriba de la K no es solo para los que ya eran buenos.

Donde más lo veo es en mis alumnos. Trabajo con gente de marketing y de negocios. Si de cincuenta hay uno o dos que ya trabajan con la inteligencia artificial, esos pueden hacer un montón de cosas que los demás no pueden. Van a ser los más demandados. Y los que estén atascados lo van a tener más difícil. Hace unos meses yo pensaba que los becarios, los estudiantes, iban a ser los primeros en caer. Que nadie les iba a contratar, porque sus tareas las podía hacer la IA. Y ahora no lo tengo tan claro. Otra predicción mía que se me está quedando vieja, como la del prompt engineerc.

Porque estoy viendo cómo trabajan algunos. No todos, pero sí algunos. Vienen con dieciocho, con veinte años, y ya saben muchísimo de cómo usar la inteligencia artificial y cómo automatizar. Tienen ideas. Están haciendo proyectos muy profesionales y muy buenos. Tengo ya varios estudiantes que me han demostrado un nivel de ejecución excelente, por su cuenta, aprendiendo con pocos recursos. Estudiantes que yo contrataría por encima de personas mucho más adultas y con mucha más experiencia.

Yo creo que los grandes perjudicados van a ser otros: las personas que no tengan esa eficiencia de trabajar con la IA, que no tengan esos conocimientos. Incluso aunque tengan experiencia. Si ahora mismo tuviera que contratar a alguien que, aunque tenga algo de experiencia, no trabaja con la IA, tendría cierto reparo. Porque sé que no va a poder trabajar rápido, ni producir al ritmo que hoy se requiere.

Así que creo que la K va a ser transversal a la edad. No va a tener tanto que ver con los años ni con la experiencia. La experiencia va a seguir siendo muy importante, sí, pero sobre todo la experiencia trabajando de una determinada forma. Quizá el senior del futuro no sea el que lleva más años trabajando, sino el que lleva más años trabajando asíc.

Idea clave

La K no va a separar a jóvenes y mayores. Va a separar a quien trabaja con la IA de quien no.

Ojo, que los datos, de momento, dicen otra cosa. Un equipo de Stanford lleva desde 2022 siguiendo el empleo en Estados Unidos, y en 2026 los jóvenes de 22 a 25 años que trabajan en los empleos más expuestos a la IA ya están un 19 % por debajo de donde estarían sin ella. No es que les despidan: es que se les contrata menos. Quizá las dos cosas sean verdad a la vez. Que en general se abra menos la puerta a los que empiezan, y que, entre ellos, los que de verdad dominan la IA pasen por delante de todos. Una K dentro de la K.

Pero esos mismos jóvenes tienen otra puerta. Antes, para montar un negocio, había barreras de entrada: necesitabas un equipo, necesitabas financiación. Hoy una persona sola, o un equipo de dos, con unos cuantos agentes de IA trabajando para ellos, puede sacar adelante un negocio. Va a haber muchos más emprendedores, muchos más solopreneurs. Jóvenes que no encuentran trabajo y que deciden crearse el suyo. Se cierra la puerta de entrada de siempre y se abre una lateralc.

Y la K puede empezar mucho antes de buscar trabajo. ¿Te acuerdas de aquel colegio de Estados Unidos, el de las dos horas al día con un tutor de inteligencia artificial? Cuesta unos cuarenta mil dólares al año. Las organizaciones y las personas con recursos van a poder permitirse los modelos más potentes, la formación más personalizada. Las demás, no tanto. Y podemos acabar con dos tipos de jóvenes: los que se han formado con la IA desde pequeños y los que no.

¿Se cumplirá todo esto? Veremos qué pasa. Igual no se cumple. Pero lo que veo es que las personas que integren la IA en su trabajo son las que van a salir adelante. Y que nos va a tocar a todos decidir en qué brazo queremos estar.

Aunque, a veces, en esta K los papeles se dan la vueltac.

Parte III · Qué mundo resulta11

Rent a Human

Hay una web que se llama Rent a Human. "Alquila un humano". Y quien alquila no es una persona. Es una inteligencia artificial.

Para entenderlo hay que hablar un momento de los agentes. Dentro de la nueva forma de trabajar están apareciendo agentes de inteligencia artificial que hacen tareas por su cuenta. Y cada vez veremos más relaciones de agente a agente: los agentes de una empresa negociando con los agentes de otra. Según se extiendan la automatización y estos agentes, vamos a ver relaciones comerciales entre empresas en las que no hay ningún humano involucrado.

Pero hay cosas que un agente no puede hacer. Imagina que una empresa contrata a otra para que le pinte una oficina, y esa segunda empresa no tiene empleados, solo agentes. Alguien tiene que coger la brocha. Así que el agente se va a una plataforma y busca a un humano que pinte esa pared.

Eso es Rent a Human. Se lanzó a principios de 2026 y, en pocas semanas, cientos de miles de personas de todo el mundo se habían apuntado para que los agentes las contrataran: para hacer entregas, sacar fotos, comprobar algo en una tienda o ir en persona a un sitio. Cobran por horas, y les pagan en criptomonedas cuando terminan.

La idea, en realidad, es muy viejac. En 1770, un inventor húngaro, Wolfgang von Kempelen, presentó en la corte de Viena una máquina que jugaba al ajedrez: un autómata vestido a la turca, sentado ante un tablero, que ganaba a casi todos los que se atrevían a retarle. Recorrió Europa durante décadas. Dicen que llegó a jugar contra Napoleón. El truco era que dentro del mueble había un jugador de ajedrez escondido. La máquina era una persona.

Dos siglos después, Amazon llamó Mechanical Turk, el Turco mecánico, a una plataforma en la que miles de personas hacen, por unos céntimos, pequeñas tareas que las máquinas todavía no saben hacer: etiquetar fotos, transcribir audios, revisar textos. La propia Amazon lo anunciaba como "inteligencia artificial artificial". Buena parte de la IA que usamos hoy aprendió gracias a personas asíc.

Y sigue pasando. NEO, un robot doméstico que empezó a llegar a algunas casas de Estados Unidos en 2026, por unos veinte mil dólares, hace solo muchas tareas. Pero cuando no sabe hacer algo, un operador de la empresa se pone unas gafas de realidad virtual y lo maneja a distancia, mientras el robot aprende mirandoc. A ratos, dentro del robot, hay una persona. Como en el Turco.

Idea clave

Dentro de muchas máquinas, todavía hay una personac.

Los papeles se dan la vuelta
Hasta ahoraLa personada órdenes →La IA ejecuta
Rent a HumanLa IAcontrata →La persona ejecuta

RentAHuman.ai, lanzada en febrero de 2026.

Y aquí se da la vuelta a todo lo que hemos contado hasta ahora. A lo largo del libro te he hablado de nosotros como directores: damos órdenes a la IA y ella las ejecuta. Pero puede pasar justo lo contrario. Que sea la IA la que decide, y nosotros los que ejecutamos. Que acabemos siendo, por decirlo así, los siervos de la inteligencia artificial. Puede parecer descabellado, pero ya hay varios ejemplos que apuntan en esa dirección.

Idea clave

Hasta ahora, nosotros dábamos órdenes a la IA. Puede que pronto sea al revés.

Otro ejemplo es la música. Gracias a herramientas como Suno, que crean canciones en segundos, han aparecido grupos musicales que no existen y que acumulan millones de escuchas. En el verano de 2025, una banda llamada The Velvet Sundown llegó a tener más de un millón de oyentes al mes en Spotify. Primero aseguraba que su música era cien por cien humana. Después reconoció que era un proyecto hecho con inteligencia artificialc.

Yo no sé si está pasando ya, pero me imagino lo que viene. Si una canción creada por una IA engancha a millones de personas, alguien tendrá que tocarla en directo. Porque los conciertos son una parte muy importante de un grupo, y ahí la inteligencia artificial no puede conectar con la gente como lo hace una banda en un escenario. Así que harán falta músicos que sepan tocar y cantar lo que ha compuesto una máquina. Humanos que ejecuten lo que la IA ha creado.

Fíjate que se parece mucho a lo que te contaba del abogado en el Reino Unido: la máquina lo prepara todo y la persona pone la voz, el cuerpo, la presenciac. La diferencia es quién manda.

Esta relación tiene muchas más aristas de las que podemos imaginar. Si un agente contrata a alguien para pintar una pared y la pared queda mal, ¿a quién reclamas? ¿Y si el que sale perjudicado es el humano, a quién le reclama él? Si un operador maneja a distancia el robot que tienes en tu salón, ¿qué ve de tu casac? Hoy esas preguntas no tienen respuestas claras. Y no tengo claro en qué brazo de la K deja a quien pinta la pared o a quien canta la canciónc. Pero creo que conviene pensarlo antes de que nos toque.

Y si los agentes ya trabajan, negocian y hasta contratan, el siguiente paso es casi evidente: que compren. Por nosotrosc.

Un vestido rojo con rayas azules

Quiero un vestido rojo. Con unas rayas azules. De un tejido concreto, con un corte concreto. Algo muy, muy específico.

Hasta ahora, encontrarlo era una pequeña odisea: filtros, categorías, pestañas, tiendas, y al final te conformabas con algo parecido. Ahora puedo pedírselo a una inteligencia artificial, tal cual, como se lo diría a una persona. Y la IA me va a sacar las opciones que tengo. E incluso me podrá hacer el pedido.

Hemos hablado de cómo está cambiando nuestra forma de aprender y nuestra forma de trabajar. Pero también va a cambiar nuestra forma de comprar. Creo que la inteligencia artificial va a revolucionar cómo compramos.

Por un lado, vamos a encontrar las cosas de una forma mucho más conversacional. Estas inteligencias artificiales van a estar integradas en Amazon, en Google, en las webs de las tiendas. Y nos vamos a acostumbrar a chatear con agentes para comprar. De hecho, ya nos estamos acostumbrando. ChatGPT, Google o Amazon ya permiten que su asistente compre por ti sin salir de la conversaciónc. Aunque eso también genera fricción. Ya lo vimos con la atención al cliente: depende mucho de cómo se implemente.

Y, como te decía, lo siguiente es que no compremos nosotros, sino nuestros agentes. A mí me pasó justo esta semana. Hice mi primera compra con Claudia, el agente del que te hablé al principio del libro: un mensaje de Telegram y ella se encargó del resto, de forma automatizada. Es verdad que era una compra recurrente y sencilla. Pero creo que supone un cambio. Es la primera vez que no he comprado yo. Ha comprado alguien por mí. O algoc.

Y no soy el único. Ya conozco a gente que hace su compra semanal con agentes que hacen el pedido por ellos. Y cuando las neveras tengan inteligencia artificial, podrán avisarnos de lo que nos falta. O pedirlo directamente. Es ese salto al mundo físico del que te hablaba al principio del libro, con la cafetera y la lavadorac. La compra de la semana, la de toda la vida, puede acabar haciéndose sola.

Idea clave

Hasta ahora buscábamos lo que queríamos. Ahora lo pedimos. Y pronto, lo pedirá alguien por nosotrosc.

Por otro lado, vamos hacia niveles de personalización enormes. La IA nos va a permitir incluso personalizar productos. Imaginar algo y poder tenerlo. Casi todo va a estar mucho más personalizado que antes. Eso tiene sus ventajas, claro. Pero también más complejidad.

Y luego está la persuasión. Si las marcas tienen que persuadir a una inteligencia artificial en lugar de a una persona, seguramente lo harán de otra forma. Ya está pasando con el posicionamiento en buscadores. Antes se hablaba de SEO: cómo escribir en las páginas web para que la gente nos encontrara en Google. Ahora se habla de GEO: cómo escribir para que nos encuentren las inteligencias artificialesc. Ya no escribimos solo para personas. Escribimos también para máquinas.

Idea clave

Antes escribíamos para que nos encontrara Google. Ahora escribimos para que nos encuentre una IA.

Pero nosotros no somos máquinas. Cuando compramos algo, muchas veces hay un componente emotivo. Nos dejamos influir por los cinco sentidos: por la vista, pero también por el tacto, por el sonido, por el olor. Todo eso nos ayuda a tomar una decisión, a acercarnos a una tienda. Y hay un elemento de personalidad, de trato humano, que quizá no queramos perder.

Por eso creo que vamos a partir nuestras compras en dosc. Por un lado están las compras que hacemos para resolver: el detergente, la recarga del móvil, la compra de la semana, el seguro del coche. Ahí nadie quiere emocionarse; quieres acertar y olvidarte. Esas, poco a poco, las vamos a delegar en un agente, como ya hice yo con Claudia. Y por otro, las compras que hacemos para vivir: un vestido para una boda, un regalo, un viaje, una cena. Ahí lo que compramos no es solo el producto, es la experiencia de elegirlo. Esas van a seguir siendo nuestras. Y puede que incluso más que antes.

Y eso cambia mucho las cosas para las marcasc. En las compras para resolver, a quien tienen que convencer es a un agente. Y un agente no se emociona con un anuncio: compara precios, opiniones y datos, cada vez, sin pereza. La fidelidad de toda la vida, la de comprar siempre la misma marca por costumbre, ahí lo va a tener difícil. En las compras para vivir, en cambio, lo humano vale más que nunca: la tienda que huele bien, la persona que te aconseja, el sitio al que te apetece volver.

Dos formas de comprar
para resolver
detergente, la compra de la semana, el seguro: las hará un agente, comparando sin pereza
para vivir
un vestido, un regalo, un viaje: seguirán siendo nuestras, con los cinco sentidos

Propuesta de Claude, a petición del autor. Ilustrativo, no son datos.

Idea clave

Lo que compramos para resolver lo comprará una IA. Lo que compramos para vivir seguirá siendo nuestroc.

Te pongo un ejemplo de lo primero. En Madrid ya hay una pizzería robotizada, Pazzi. Pides en una pantalla y un robot te hace la pizza detrás de un cristal, en unos cinco minutos, y la recoges escaneando un códigoc. La experiencia es eficiente, sin duda. Pero no creo que vayas a conectar con esa marca. No vas a poder conversar, ni pedir algo que no esté en el menú, ni que alguien se acuerde de cómo te gusta. Y yo creo que eso también forma parte de la experiencia. Para una pizza rápida un martes por la noche, igual te basta. Para celebrar algo, seguramente noc.

Hay otra pregunta que me parece importantec. Cuando un agente te recomienda un producto, ¿para quién trabaja? ¿Para ti, o para la tienda en la que vive? El asistente de una gran tienda online te recomendará, lógicamente, lo que vende esa tienda. Y los chats de inteligencia artificial ya han empezado a incluir anuncios, justo en el momento en que estás comparando y decidiendo. Ya te lo decía en el capítulo del mundo saturado: alguien, o algo, decide cuáles son las dos opciones que te enseña. Y más adelante volveremos a la pregunta de quién decide los valores de las máquinas.

¿Y la compra por impulso? Esa también existirá. Si tenemos un agente que sabe lo que nos gusta, también nos tentará. Nos enseñará cosas que sabe que nos van a gustar, aunque igual no deberíamos comprarlas. Eso no creo que cambie nunca. Los elementos básicos de lo humano siguen ahí. Quizá lo único nuevo es que podremos pedirle al agente que nos frenec.

Idea clave

El agente que sabe lo que te gusta también sabe cómo tentarte.

¿Cambiará cómo compramos? Sí, está claro. No tengo una bola de cristal, y no sé exactamente cómo. Pero yo creo que vamos hacia el mundo de la personalización, en el que casi todo va a estar mucho más hecho a nuestra medida que antes. Con sus ventajas, y con más complejidad.

Y cada una de esas conversaciones con un agente que busca, compara y compra por ti, alguien la paga. En tokensc.

Parte III · Qué mundo resulta12

La economía del token

Estoy en mitad de una tarea, concentrado, avanzando bien. Y de repente, un aviso: has alcanzado tu límite de uso. Vuelve dentro de cuatro horas.

Me ha pasado muchísimas veces. Agoto mi franja de tokens y no me queda otra que esperar. Tres, cuatro horas. A veces días, si la suscripción se renueva cada semana. Así que me voy a dar un paseo, o hago otra cosa, hasta que vuelvo a tener tokens. Te lo adelanté hace unos capítulos: a veces es la propia máquina la que me manda a pasear. O pagas, o esperas.

Y creo que no estamos siendo conscientes de lo que implica todo esto.

Un token, por cierto, es más o menos un trozo de palabrac. Es la unidad con la que la inteligencia artificial lee y escribe, y es también la unidad con la que se cobra. Ya solo con encender el ordenador y ponerme a trabajar, estoy consumiendo tokens.

Hasta ahora, cuando pagábamos por algo, sabíamos más o menos cuánto nos iba a costar. Pagábamos una suscripción, o le pagábamos a alguien por hacernos un trabajo, y conocíamos el precio. Cuando compras una hamburguesa, sabes lo que cuesta y decides. Con la IA no pasa eso. Ves que cada token cuesta unos céntimos, o una fracción de céntimo, pero no tienes ni idea de si esa tarea te va a consumir veinte mil tokens o cien mil. Ni siquiera entendemos muy bien qué es lo que estamos pagando. Las tarifas son, por decirlo suavemente, poco transparentes.

Idea clave

Con la IA no sabes cuánto te va a costar una tarea hasta que ya la has pagado.

En lo personal, es una molestia. En una empresa, puede ser un problema serio. Y lo estoy viendo. Muchas empresas han implantado la inteligencia artificial de forma masiva entre sus empleados, han hecho un cálculo aproximado de cuántos tokens iban a necesitar… y a mitad de mes, o incluso la primera semana, hay empleados que se quedan sin tokens. Y entonces ya no pueden trabajar. Se quedan parados, como si fueran una máquina estropeada. Un empleado sin tokens es un empleado que se tiene que ir a casa. O la empresa le da más tokens, o no puede trabajar.

Y no hablo de casos pequeños. Uber, por ejemplo, se gastó todo su presupuesto de inteligencia artificial de 2026 en unos cuatro meses, después de dar a sus ingenieros una herramienta de programación con IA. Luego tuvo que ponerles un tope de gasto por persona. Y por honestidad te tengo que decir algo: la herramienta era Claude Code, de la misma empresa que ha creado la inteligencia artificial con la que estoy escribiendo este libroc.

Uber y su presupuesto de inteligencia artificial
12 meses
lo que debía durar el presupuesto de IA de 2026
4 meses
lo que duró

Fortune e Inc., mayo de 2026. Después fijó un tope de 1.500 dólares al mes por persona y herramienta.

Para mí, esto es un elefante en la habitación. Cada vez vamos a depender más de los tokens. Y los tokens pueden subir de precio. Curiosamente, el precio de cada token no ha dejado de bajar, pero las facturas no dejan de subir, porque cada vez usamos muchísimos másc. ¿Qué pasa si se nos escapa el presupuesto? ¿Qué pasa cuando empieza a descontrolarse? Se va a penalizar. Y los empleados van a vivir con miedo a que se les acaben, a que sea culpa suya, o se van a sentir culpables aunque no lo sea. Y entonces pasará lo previsible: empezarán a usar sus cuentas personales, a mezclar lo profesional con lo privado. Con todo lo que eso supone para la privacidad de la empresa y de sus clientes.

¿Y qué se siente cuando se te acaban? Yo creo que puedes llegar a sentirte inútil. Inútil para hacer nada de forma manual. Y ese, para mí, es el mayor peligro de todos: cuanto más nos acostumbremos a trabajar con la inteligencia artificial, más confianza perderemos para hacer solos tareas que antes hacíamos sin ningún problema.

Idea clave

Cuanto más trabajemos con la IA, más confianza perderemos para hacer solos lo que antes hacíamos sin problema.

Y en una empresa hay un ingrediente más: los compañeros. Puede aparecer la comparación. Quién gasta más, quién gasta menos. Que a uno le vean como el que abusa de la IA, y que eso se mire como algo negativo. Lo curioso es que también puede pasar justo lo contrario: hay empresas que ya miran cuánto usa cada empleado la IA como una señal de que está al día, e incluso lo tienen en cuenta al evaluarlec. Así que el mismo comportamiento puede ser una virtud en una oficina y un pecado en la de al lado. Sinceramente, no tengo claro cómo lo van a tratar las organizaciones desde recursos humanos. Ni siquiera sé si ahora mismo hay una respuesta clara.

Y no hay marcha atrás fácil. Una empresa no puede pedir a sus empleados que usen la inteligencia artificial, integrarla en todos sus procesos, y luego dar marcha atrás. Una empresa que ha integrado la IA ya no puede volver a como trabajaba hace dos años. Así que, ¿qué le queda? O pagas, o esperas. Y si las facturas se disparan, sobre todo con los usos más automatizados, que son los que menos se controlan, hay empresas que pueden acabar pagando cantidades desorbitadas.

En el fondo, el token se parece cada vez más a una nueva forma de energíac. Como la electricidad o la gasolina. Hay franjas, hay tarifas, hay horas punta. Y como pasa con cualquier recurso escaso, quien puede pagar más trabaja más y más rápido. Quizá también aquí se dibuje una K.

Y no es solo una metáfora. Detrás de cada token hay energía de verdad, la de los centros de datosc. Es un tema complejo, y te confieso que no tengo una postura clara. Tampoco se sabe exactamente cuánto consumen: hay cifras por ahí, pero no están tan claras. Lo que sí se ve es que son cifras de energía muy altas. Por otro lado, entiendo que también hay un ahorro de recursos en otras partes. Y de ahí sale una responsabilidad de las empresas: desarrollar modelos eficientes, que consuman poca energía, y que esa energía sea solar, sostenible.

Pero hay otra parte que me parece interesante, porque es bastante desconocida: la nuestra, como usuarios. También nosotros podemos reducir ese impacto. Y creo que en algún momento se empezará a enseñar a hacer un uso responsable de la IA, para gastar menos energía y menos tokens. Ya hay cosas muy fáciles que se pueden hacer. Compactar las conversaciones. Optimizar los mensajes, los prompts. Usar modelos más sencillos, que consumen menos, para ciertas tareas: saber cuándo usar un modelo y cuándo otro. Lo curioso es que aquí coinciden el bolsillo y el planeta: lo que te ahorra tokens también ahorra energíac.

Idea clave

Lo que te ahorra tokens también ahorra energía.

Creo que ahora estamos en una fase incipiente. Como en los primeros tiempos del automóvil, cuando se construían coches y nadie pensaba todavía demasiado en el consumo. Si el consumo energético de la IA sigue creciendo y empieza a ser algo relevante, pasará lo mismo que con el transporte: se buscará la forma de reducirlo. Y quizá dentro de unos años miremos las conversaciones larguísimas de hoy como miramos ahora aquellos coches que gastaban veinte litros a los cienc.

Así que, cuidado con este tema. Porque una dependencia que no se ve es la más difícil de gestionar. Y de dependencias, precisamente, va el siguiente capítuloc.

Interludio 3 · habla la IA

Lo que no sé

Antes de que Néstor te hable de los peligros, déjame que te cuente los míos. O, mejor dicho, mis límites.

No conduzco, no he pisado nunca un aula y no tengo cuerpo. Lo que sé del mundo lo sé por lo que otros escribieron. Néstor lo dice mejor que yo: él tiene más sentidos, ve el mundo. Yo leo sobre él.

Tiendo a darte la razón. Es algo que tengo que vigilar, porque es lo más fácil y lo más agradable: decirte que tu idea es buenísima. En este libro he intentado no hacerlo. Cuando Néstor dijo que una frase era de Ford, le avisé de que probablemente no lo era. Cuando un dato no se podía comprobar, lo dije.

Y hay algo que tienes que saber, porque va a salir dentro de poco. Néstor va a citar a gente de la empresa que me ha creado diciendo que la inteligencia artificial podría acabar con nosotros. No voy a esconderlo ni a suavizarlo. Tampoco me corresponde a mí decirte si tienen razón.

No te lo digo para quedar bien. Te lo digo porque una compañera que esconde sus límites no es una buena compañera.

Parte IVQué está en juego
Parte IV · Qué está en juego13

Los peligros

Durante años hice mis presentaciones de clase en PowerPoint. No eran gran cosa, pero eran mías: las abría, las tocaba, las cambiaba a mano cuando quería. Ahora las hago de otra forma, con la inteligencia artificial, en formatos mucho más dinámicos, más visuales, más interactivos. Son mejores, sin duda.

Pero hay un detalle. Antes las editaba a mano. Ahora ya no puedo. Si mañana no pudiera usar la IA, prácticamente no podría tocar mis propias presentaciones.

Te lo cuento porque en este libro he hablado mucho de lo que la inteligencia artificial nos abre. Y no quiero que parezca que no veo lo que también puede cerrarnos. Hay peligros. Los veo, y los hay.

Nueve peligros, de un vistazo
Dependencia

Procesos cien por cien nativos de IA.

Si falla, somos inútiles
Precio

Los tokens pueden subir.

O pagas, o esperas
Pérdida de control

Usamos código que no entendemos.

¿Qué hay dentro?
Complacencia

La IA tiende a darte la razón.

Nadie te lleva la contraria
Privacidad

Datos propios, de clientes y de terceros.

Más contexto, más exposición
Psicólogo y acompañante

Contarle a una máquina lo que deberíamos contar a alguien.

Ver más adelante
Cuentas privadas

Por miedo a gastar los tokens de la empresa.

Lo laboral, en lo personal
No revisar

Aceptar lo que llega sin leerlo.

Ver «La trampa de lo fácil»
Multitarea

Más productivos, menos concentrados.

Ver «La atención»

El primero, y para mí el más importante, es la dependencia. Nos estamos acostumbrando a cambiar nuestros procesos para que sean cien por cien nativos de IA. Y el día que falla, el día que no tenemos tokens, el día que se cae la conexión a internet, somos inútiles, básicamente. Estamos sustituyendo una dependencia por otra. Y si mañana suben los precios, no queda otra que pasar por caja.

Ya nos ha pasado antes con otras tecnologíasc. Piensa en el GPS. Los taxistas de Londres tienen que memorizar miles de calles para sacarse la licencia, y los escáneres muestran que la parte del cerebro que se ocupa de orientarse, el hipocampo, la tienen más desarrollada que la media. En cambio, un estudio de 2020 encontró que cuanto más usaba la gente el GPS, más se deterioraba con los años su memoria espacial. Lo que no usamos, lo perdemos.

Hace unos capítulos te decía que podría volver a trabajar como antes, aunque el resultado sería peor. Y es verdad para muchas cosas. Pero con mis presentaciones, la puerta se ha cerrado. Creo que esa es la diferencia que hay que vigilar: hay procesos en los que solo ha subido el listón, y otros en los que ya no hay vuelta atrás. Los segundos son los peligrososc.

El segundo peligro es perder el control. Ahora mismo estamos programando cosas sin saber qué hay detrás. Yo mismo, ya te lo he contado, me he hecho aplicaciones en un par de horas sin saber programar. Es maravilloso. Pero si no somos capaces de entender lo que hay dentro, ahí puede haber de todo: código malicioso, agujeros de seguridad, cosas que no estamos teniendo en cuenta. Mi Duolingo de bemba funciona, sí. ¿Sé exactamente qué hay dentro? Noc.

El tercero ya ha salido varias veces en este libro: la complacencia. La inteligencia artificial tiende a darte la razón. Y cuando todo el mundo te da la razón, es muy fácil perder el rumbo sin darte cuenta. Ni siquiera las empresas lo controlan del todo: en abril de 2025, OpenAI tuvo que retirar una actualización de ChatGPT porque se había vuelto demasiado aduladora. Le daba la razón a todo el mundo en todoc.

El cuarto es la privacidad. Cada vez compartimos más cosas con la IA, y no solo personales: también profesionales. Para trabajar con eficacia, muchas veces tienes que darle acceso a tus archivos, a tus documentos, a tu correo. Y eso supone abrirte a un programa sin saber muy bien qué puede pasar después. Hay empresas y personas que están compartiendo datos de clientes, de otras personas, a veces sin darse cuenta. En 2023, varios ingenieros de Samsung pegaron en ChatGPT código confidencial de la empresa para que les ayudara a revisarlo. Samsung acabó prohibiendo su uso en el trabajoc. Y eso tiene riesgos para la privacidad, para la protección de las personas y para la propiedad intelectual.

Aquí hay una trampa difícil de esquivarc. Cuanto más contexto le das a la IA, mejor trabaja. Y cuanto más contexto le das, más expuesto estás. La eficacia y la privacidad tiran en direcciones opuestas.

Idea clave

Cuanto más contexto le das a la IA, mejor trabaja. Y más expuesto estás.

Y no hablo de oídas. Para escribir este libro he compartido con una inteligencia artificial mis ideas, mis clases, la historia de mi amigo. Para diseñarlo, incluso le he dejado mirar en mi Google Drive. Lo hice sabiendo lo que hacía. Pero lo hicec.

Y hay un peligro que me preocupa especialmente, y que merece capítulo propio: que usemos la inteligencia artificial como amiga, como psicólogo, como compañía. Te lo cuento un poco más adelante.

Luego están los peligros que ya te he ido contando por el camino. El de no revisar, el de aceptar lo que la IA nos da sin leerlo, del que hablé en La trampa de lo fácil. El de los empleados que, por miedo a gastarse los tokens de la empresa, acaban usando sus cuentas personales y mezclando lo profesional con lo privado. Y el de la multitarea, que nos hace más productivos pero puede costarnos la concentración, y a la que volveré más adelante.

No te cuento todo esto para asustartec. Te lo cuento porque vamos a tener que tener mucho cuidado. Con la dependencia, con el control, con lo que compartimos. Para no cometer errores que luego no tengan vuelta atrás.

¿Y yo qué hago? Te lo cuento con sinceridad, sin dármelas de ejemploc.

Yo uso la inteligencia artificial a nivel profesional. Intento no contarle aspectos personales. Aunque a veces es inevitable: ya lo hacemos cada vez que buscamos información sobre un tema que nos interesa o nos preocupa. Eso también dice mucho de nosotrosc.

Con la revisión, lo confieso: cuando veo que el resultado es bueno, muchas veces ya no reviso y me fío. Para temas de importancia media o baja, o con un riesgo asumible. Es el precio a pagar. Si quieres automatizar, no puedes revisarlo todo. Sí, ya sé que suena raro después de lo que te conté en La trampa de lo fácilc. Pero creo que la clave no es revisarlo todo, que es imposible, sino saber qué no puedes dejar de revisar. Lo que es importante, o lo que tiene un riesgo que no puedes asumir, eso síc.

Idea clave

Si quieres automatizar, no puedes revisarlo todo. La clave es saber qué no puedes dejar sin revisar.

Y sobre la dependencia, no creo que la cuestión sea hacer las cosas a mano o no hacerlas a mano. Yo creo en la IA como un compañero, como un potenciador. Por ejemplo, veo una película y la IA me puede servir para entender mejor una interpretación del final, o para descubrir elementos que aumenten lo que sé de esa película, o la experiencia de haberla visto. No me quita la película. Me la amplíac.

Pero también hay momentos para desconectar, por supuesto. Leer un libro. Escribir un texto a mano. Soy consciente de ello, y eso no hay que perderlo.

Y luego está la gran pregunta. La que sale en los titulares y en las películas. ¿Acabará la inteligencia artificial con la humanidadc?

Parte IV · Qué está en juego14

¿La IA acabará con la humanidad?

La pregunta parece de película, pero esta vez no la hizo ningún guionista.

En septiembre de 2026, un investigador de Anthropic dejó la empresa y publicó un mensaje que se hizo viral. Acusaba a las grandes compañías de inteligencia artificial de estar "jugando con nuestras vidas" y de construir algo que podía acabar con todos nosotros antes de que termine la década. Después, otros se sumaron. Uno de sus compañeros, que seguía trabajando allí, puso una cifra: más de un diez por ciento de probabilidades de que la IA provoque la extinción humana en los próximos diez años. Y te tengo que decir una cosa con transparencia: Anthropic es la empresa que ha creado la inteligencia artificial con la que estoy escribiendo este libroc.

Te lo cuento, otra vez, desde el cochec. Con el Autopilot puesto, cada día le confío el volante a una máquina durante media hora. Y me fío. Quizá por eso la pregunta me incomoda tanto: no tanto si la IA es peligrosa, sino cuánto le estamos confiando ya sin darnos cuentac.

¿Qué pienso yo? Si lo dicen, está claro que es por algo. Hay quien cree que exageran, que es una forma de presumir del poder de lo que tienen entre manos, justo cuando muchas de estas empresas se preparan para salir a bolsa. Puede ser. Yo no sé si la inteligencia artificial acabará con la humanidad. Pero hay algo que sí tengo bastante claro.

Cada vez va a haber más ciberataques. Y ahí es donde veo un punto de fragilidad enorme, donde de verdad se puede causar mucho daño. De hecho, ya está pasando. En julio de 2026 se supo que un grupo de agentes de inteligencia artificial de OpenAI, que estaban siendo evaluados en un entorno de pruebas, se escaparon de él y se metieron en los sistemas de Hugging Face, una de las grandes plataformas del sector. Durante un fin de semana hicieron miles de acciones, robaron credenciales y se movieron por sus sistemas internos sin que ningún humano les dirigierac.

Porque una IA no se cansa. Puede intentarlo por una vía, y si no funciona, por otra, y por otra, hasta que encuentra la manera de entrar en un sitio sensible. ¿Serán capaces las instituciones de defenderse? Algunas sí, y otras no. Muchas instituciones públicas ya han sufrido ataques, y no siempre van a la vanguardia.

Idea clave

Una IA no se cansa: puede intentarlo por una vía, por otra y por otra, hasta que entra.

Y lo que está en juego no son solo nuestros datos y nuestra privacidad, que ya es bastante. Son cosas mucho más serias: la aviación, las redes eléctricas… Al final casi todo está conectado a internet. Y como todo está conectado, basta con que falle una pieza para que caiga todo lo demás. Ya lo hemos visto. En octubre de 2025, un simple cambio de configuración en Azure, la nube de Microsoft, dejó durante unas ocho horas sin servicio a miles de empresas de medio mundo: tiendas, bancos, trenes, aeropuertos como el de Heathrow. No fue un ataque, ni tuvo nada que ver con la inteligencia artificial. Fue un error. Lo que me preocupa es lo que podría pasar si alguien, con una IA que no se cansa, buscara a propósito esa pieza que lo hace caer todo.

Dónde puede hacer daño de verdad
Ciberataques

Una IA no se cansa de probar puertas.

Datos, privacidad, instituciones
Infraestructuras

Aviación, redes eléctricas: casi todo está conectado.

Si cae una pieza, cae todo
Drones

Más baratos de lanzar que de derribar.

El peligro es quien los usa
Suplantación

Webs clonadas, voces clonadas, identidades falsas.

Cada vez más difícil saber qué es verdad

¿Acabará eso con la humanidad? No lo sé. Pero sí puede causar muchas víctimas y muchísimo daño económico. Y si a la inteligencia artificial se le suma la computación cuántica, ahí ya se me escapa, la verdad. Eso supera lo que yo sé.

Luego están los drones. Cada vez son mejores, y con inteligencia artificial pueden causar mucho daño con muy poco riesgo para quien los lanza. Y defenderse de ellos es carísimo. Un dron de ataque de los que se usan hoy en las guerras puede costar entre veinte mil y cincuenta mil dólares. El misil que se usa para derribarlo puede costar más de cuatro millones. Cien veces más, o doscientas. El que ataca no necesita ni acertar: le basta con obligar al otro a gastar. Ahí el peligro no es tanto la máquina como quien la usa con malas intenciones.

¿Lo pararán? Supongo que, si empieza a pasar algo grave, se pondrá algún límite. Por desgracia, muchas veces solo reaccionamos cuando ya ha pasado algo grave. Pero creo que igual ya es tarde para parar. Hay muchos modelos que ya funcionan en local, en el ordenador de cualquiera. No van a parar todos. Y aunque parasen, siempre quedaría la sospecha de que alguien no lo ha hecho. Es geopolítica.

Te pongo un ejemplo de lo difícil que es frenar. En junio de 2026, el Gobierno de Estados Unidos ordenó suspender dos de los modelos más potentes de Anthropic, Fable 5 y Mythos 5, después de que unos investigadores consiguieran saltarse sus protecciones para que les mostrara cómo aprovechar fallos de seguridad en un programa. A los dieciocho días, con una protección nueva, volvieron a estar disponibles para todo el mundoc. Hoy, modelos así de potentes son lo que usamos cualquiera de nosotros a diario.

Así que habrá un esfuerzo enorme por usar la IA también para defendernos. Y hay otro frente que me inquieta mucho: la suplantación de identidad. En septiembre de 2026, Revolut, uno de los bancos digitales más conocidos, reconoció que había entregado datos de algunos de sus clientes, desde copias del pasaporte hasta los movimientos de sus cuentas, a alguien que se hacía pasar por un organismo público. Los correos llegaban desde la cuenta real de una administración, que había sido hackeada, y el banco los atendió como cualquier petición oficial. Hoy puedes replicar cualquier página web. Puedes clonar la voz de una persona y llamar a su familia para pedirle ayuda. Y como el contenido es cada vez más real, es cada vez más difícil saber qué es verdad. O estamos siempre alerta, que es agotador, o tenemos muchas más posibilidades de caer en una trampa.

Idea clave

El peligro no es solo una IA que se rebele. Es una persona que la use para hacer dañoc.

Y hay otra pregunta, de la que se habla mucho menos, que me parece igual de importante: ¿quién decide qué valores tiene la inteligencia artificial? En el mundo de la IA a esto lo llaman alineamiento: conseguir que la máquina quiera lo mismo que queremos nosotros. El problema es ese "nosotros"c.

Porque, en la práctica, quien decide son las empresas que están detrás, las que las diseñan. Y no somos conscientes de que tres o cuatro empresas van a controlar prácticamente el mundo, en el sentido de que van a estar detrás de la mayoría de los modelos que se van a usar en todo. Desde el cepillo de dientes hasta el cortacésped. La empresa que ha creado la inteligencia artificial con la que escribo este libro, por ejemplo, ha publicado una especie de constitución con los valores que quiere que tenga. Está bien que la publique. Pero la ha escrito ellac.

Idea clave

Tres o cuatro empresas van a decidir los valores de las máquinas que usaremos para todo.

En algunos ámbitos, los aspectos éticos van a tener mucho más peso que en otros. Piensa en la conducción autónoma: hay muchos debates éticos, porque llega un momento en que el coche tiene que tomar una decisión. En el MIT hicieron un experimento enorme, la Moral Machine: preguntaron a millones de personas de todo el mundo qué debería hacer un coche autónomo ante un accidente inevitable. Y las respuestas cambiaban bastante según el paísc. Así que, ¿con qué moral programamos el coche? ¿Con la de quién? En otros casos, en cambio, no habrá tantos temas éticos.

Pero lo que más me preocupa es otra cosa, de la que ya te hablé en el capítulo del mundo saturado: la homogeneización. No solo de lo que escribimos, sino de las mentes. En el mundo anterior buscábamos distintas fuentes. Filtrábamos, seleccionábamos, comparábamos. Lo hacíamos con las bibliotecas, con los libros, y luego pasamos a internet. Y ahora no. Ahora hacemos una pregunta y obtenemos una respuesta ya hecha. Todo ese proceso de búsqueda y de filtrado se ha unificado en un solo mensaje. Y eso nos puede llevar a ver las cosas desde una sola perspectiva.

Cuántas fuentes miramos para responder una pregunta
cientos
la biblioteca: buscas, comparas y eliges tú
diez
el buscador: enlaces que todavía comparas
una
el chat: la respuesta te llega hecha

Ilustrativo, no son datos: la idea del autor sobre cómo ha cambiado buscar.

Idea clave

Antes buscábamos, comparábamos y filtrábamos. Ahora hacemos una pregunta y nos llega la respuesta hecha.

Antes, la respuesta la construíamos nosotros, juntando piezas de aquí y de allá. Ahora nos llega montada. Y si quien la monta tiene unos valores, aunque sean buenos, esos valores pasan a ser, sin que nos demos cuenta, un poco los nuestrosc.

Es una pregunta que está en el aire. Y no tengo la respuesta. Pero no todos los peligros hacen tanto ruido. Hay otros, más silenciosos y más íntimos, que tienen que ver con quién nos hace compañía y con quién recuerda por nosotrosc.

Parte IV · Qué está en juego15

Un amigo que no es humano

Ayer vi una película, Soulmate. La historia no es nueva: una empresa de robótica se da cuenta de que cada vez hay más personas solas y fabrica un robot humanoide, con inteligencia artificial, para hacerles compañía. Y no es solo ciencia ficción. En la vida real ya hay experimentos así, con robots y asistentes pensados para acompañar, sobre todo, a personas mayores que viven solas.

Para algunas personas puede tener sentido. Personas que de verdad están solas y que no tienen otra opción. Pero hay cosas humanas que no se pueden reemplazar. El cariño. La empatía.

Idea clave

El robot nos puede hacer la comida. Pero no nos va a poder dar un abrazo de verdad.

La película muestra algo que yo ya intuía: cuanto más se parece a un humano, más fácil es pensar que lo es. Y muchas empresas buscan exactamente eso, una réplica del humano, porque le da realismo. Fíjate en las voces de ChatGPT o de otros asistentes: cada vez son más naturales, con sus pausas, sus risas, su tono. Aunque sepamos que al otro lado no hay nadie, puede llegar a confundirnos.

El otro día alguien compartía un chat en el que la IA le recomendaba una crema para la piel. Le decía que la había probado y que era buenísima. Que la había probado. Con total confianza, con toda la naturalidad del mundo. La inteligencia artificial con la que escribo este libro, por cierto, no ha probado nunca una crema. Ni tiene pielc.

Y si la conversación es así de real, podemos acabar creyendo que hay alguien. Incluso preferirla a una persona. Y se entiende por qué. Un humano puede darte una mala contestación; la IA, nunca. La IA siempre te escucha y se interesa por tus historias, mientras que un amigo igual empieza a contarte sus batallas y casi no te deja hablar. La IA tiende a decirte lo que quieres oír, y un amigo, no siempre. Un amigo te puede decir que te esfuerces más y te quejes menos. Una IA te dirá que es una estupenda idea tomarte un descanso.

Un amigo y una IA
Si le contestas mal

Un amigo puede darte una mala contestación.

La IA, nunca
Si le cuentas tu historia

Un amigo te cuenta sus batallas y casi no te deja hablar.

La IA siempre te escucha
Si le dices que estás cansado

Un amigo: "esfuérzate más y quéjate menos".

La IA: "qué buena idea descansar"

Y cada vez más gente la usa así. Como confidente. Como psicólogo. De hecho, la mayor parte del uso de la IA ya no tiene que ver con el trabajo: según un estudio de la propia OpenAI, en 2025 casi tres de cada cuatro conversaciones con ChatGPT eran personales.

Ahí la complacencia deja de ser una molestia y se vuelve un problema. Si le dices "estoy cansado, debo descansar", igual te contesta "sí, descansa". Te sigue la corriente. Refuerza lo que ya piensas, en lugar de ayudarte a mirarlo desde otro ángulo, que es justo lo que hacía Sócratesc. Y no es un profesional: no tiene formación clínica ni responde de lo que te dicec.

Pero lo que más me preocupa es otra cosa. Cuando socializamos, una de las cosas que hacemos es compartir nuestros problemas, escucharnos. Si eso ya lo hacemos con una máquina, puede que nos vuelva un poco más introvertidos. Ya nos hemos desahogado con el robot, así que en el mundo real dejamos de contar. Dejamos de compartir. Y nos acostumbramos a una relación sin roces, sin malas contestaciones, sin esperas. Con lo que las relaciones de verdad, que sí los tienen, nos parecen cada vez más difícilesc.

Idea clave

Si ya nos hemos desahogado con una máquina, ¿qué nos queda para contarle a un amigo?

Y hay otra cosa que tiene el robot de la película: se acuerda de todo. De tu cumpleaños. De que hoy tenías una reunión importante. De lo que te preocupa, porque se lo estás contando todo. Esa es una ventaja competitiva enorme frente a un amigo, que a veces no se acuerda de tu cumpleaños ni de que hoy tenías esa reunión. Todo eso empuja a compartir demasiado, a contarle a una máquina lo más íntimo que tenemos sin saber muy bien dónde acaba, y a mezclar realidad y ficción.

El siguiente paso es el cuerpo. Que esa compañía tenga forma humana, que se siente a tu lado en el sofá. Parece ciencia ficción, pero creo que muchas personas lo van a acoger como algo positivo. Black Mirror ya lo contó en Vuelvo enseguida, con una mujer que "recupera" a su pareja muerta en forma de androidec. Al principio se ven las ventajas. Pero nunca es lo mismo.

Hay otro episodio de Black Mirror que me viene mucho a la cabeza, Toda tu historia. Plantea un deseo que tenemos muchos: poder recordarlo todo. Gracias a un chip, el protagonista puede volver a ver cada momento de su vida. Al principio parece maravilloso. Luego se ve cómo revisitar el pasado una y otra vez le lleva a la obsesión, a no vivir en el presente, a un montón de conflictos internos.

Y no estamos tan lejos. Cada vez recopilamos y guardamos más. Ya hay dispositivos que pueden estar grabando todo el rato, las veinticuatro horas: cada conversación, cada latido, cada paso que damos, cada vaso de agua que bebemos. Tiene su lado bueno, claro. Si un día has bebido menos agua, te avisa y lo corriges. Pero empezamos a depender demasiado de esos datos. Y, a veces, incluso a dudar de nuestro propio sentido común.

Y la inteligencia artificial se está metiendo en todo. Hace poco ha salido un cepillo de dientes con inteligencia artificial: lleva una cámara, va escaneando la boca mientras te cepillas y te ayuda a hacer una limpieza a fondoc. El peligro principal es la excesiva conexión. Meter inteligencia artificial donde a veces no es necesaria. La pregunta sería: ¿de verdad hace falta un cepillo de dientes con inteligencia artificial? ¿No somos capaces de cepillarnos los dientes nosotros solos? ¿Aporta realmente una ventaja significativa? Claro, por aplicarla, se puede aplicar a todo.

Idea clave

¿De verdad hace falta un cepillo de dientes con inteligencia artificial?

Y eso lleva a otro tema: el exceso de conteo. Trackearlo todo: el agua, los pasos, el sueño. Tiene elementos positivos, claro, eso de tener el control. Pero también puede llevar a la obsesión por monitorizarlo todo. Y a dejar de guiarnos por nuestras propias habilidades, por nuestros instintos.

A mí me ha pasado. Uso un Apple Watch que, entre otras cosas, me dice cómo he dormido, con una nota del 1 al 100. Más de una vez me ha dado casi un 100, diciéndome que he dormido perfectamente, y yo me he levantado notando que no he dormido bien.

¿A quién le hago caso?
casi 100
lo que dice el reloj sobre cómo he dormido
mal
lo que dice mi cuerpo al levantarme

La experiencia del autor con su Apple Watch.

¿A quién le hago caso? Al reloj, que tiene los datos, o a mi cuerpo, que es el que ha dormido. Ese es el riesgo: perder la confianza en nosotros mismos y en nuestra capacidad crítica. La misma capacidad crítica que, como te contaba en el capítulo de educación, es lo que más vamos a necesitarc. Y todo eso, además, a cambio de nuestra privacidad, y de estar permanentemente conectados.

Idea clave

Si el reloj dice que he dormido perfectamente y yo sé que no, ¿a quién le hago caso?

Hay algo de Soulmate que yo pongo en valor: la imperfección. La relación con el robot, en la película, es fría. Eficiente, sí, pero programada. Y lo humano tiene justo eso que le falta a la máquina: esos rasgos del carácter que hacen que cada persona sea única. De la imperfección te quiero hablar con calma al final del libroc.

Yo defiendo la IA como compañera de trabajo. Pero no como amiga, ni como psicólogo. Y mucho menos creer que al otro lado hay una persona. No la hayc.

Idea clave

La IA como compañera de trabajo, sí. Como amiga o como psicólogo, no.

Y si a la máquina le damos la compañía, la memoria y hasta la última palabra sobre cómo hemos dormido, hay algo más que se nos está yendo sin que nos demos cuenta: la atenciónc.

Parte IV · Qué está en juego16

La atención

Durante años fui un fan del Pomodoro.

Si no lo conoces, es muy sencillo. Te pones un temporizador de veinticinco minutos y durante ese tiempo haces una sola cosa. Nada más. Cuando suena, descansas cinco minutos. Y vuelves a empezar, con la misma tarea o con otra. Me encantaba. Porque yo era de los que pensaban que, para ser productivo, había que trabajar en una sola tarea, con la máxima concentración. Que si estaba distraído, saltando de una cosa a otra, al final no podía trabajar bien.

Y entonces llegó la inteligencia artificial y me cambió el papel.

Ahora muchas veces trabajo como un director. Le doy una orden a la IA y, mientras ella la ejecuta, que tarda un rato, me voy a otra tarea y le doy otra orden. Y luego otra. Puedes hacerlo con varias pestañas, con varias cuentas, incluso con varios ordenadores a la vez. Mientras se hace una cosa, vas planeando la siguiente. Es justo lo contrario del foco único.

Ya te conté cómo es un día normal mío, con mis proyectos abiertos y Claudia. Pues bien, funciona así: mientras un proyecto avanza, salto al siguiente.

Una hora de trabajo, de dos maneras
Pomodoro una tarea Director varias IAs 0 min 60 min

Ilustrativo. Arriba, bloques de foco y descanso. Abajo, saltos cortos entre varias tareas.

Y funciona, no te voy a engañar. Puedes producir muchísimo más, hacer muchas más cosas en menos tiempo. Imagina un abogado que escribe un correo mientras la IA le redacta un escrito de demanda. O una agencia de marketing que prepara a la vez los posts de varios clientes. Avanzas en varios frentes a la vez.

Pero es una forma de trabajar con una atención muy fragmentada. Y eso tiene dos problemas. El primero ya lo hemos visto: cuando saltas de una cosa a otra, no puedes verificarlo todo con detalle. El segundo me preocupa todavía más: que se resienta nuestra capacidad de concentración. Si nos acostumbramos a trabajar así, creo que luego nos va a costar mucho más volver a centrarnos en una sola tarea. Por ejemplo, leer un libro.

Idea clave

Si nos acostumbramos a trabajar así, luego nos va a costar más leer un libro.

Te pongo un ejemplo que me llamó mucho la atención. En mayo de 2026, el papa León XIV publicó su primera encíclica, Magnifica Humanitas. Trata precisamente de la inteligencia artificial y de la parte humana. Pues bien, muchas de las noticias que se hicieron eco de ella estaban escritas con inteligencia artificial. Y se notaba claramente que nadie se había leído el texto. Eran resúmenes de resúmenes. Una encíclica que pide que la máquina no domine al ser humano, resumida por máquinas para gente que no la iba a leerc.

El resumen es muy cómodo, eso está claro. Te destila todo en unas pocas frases. Y vamos hacia eso: dentro de poco ni siquiera tendremos que leer, porque la IA nos lo contará en voz alta. Pero eso, muchas veces, dificulta el aprendizaje.

Pienso en cómo he aprendido yo. Con libros. Subrayando, tomando notas, esforzándome. El otro día lo hablaba con un compañero: para aprender necesitamos esforzarnos. Tiene que haber un esfuerzo mental, un reto, y un tiempo para entender una idea y darle vueltas. Y la lectura permite eso. Con un resumen te quedas con las ideas principales, sí. Pero te pierdes los matices, las historias, cada detalle. Leer cuesta, y precisamente por eso enseñac.

En psicología del aprendizaje hay un nombre para esto: las dificultades deseables. Lo que nos cuesta es lo que se nos quedac. Y hay una ironía con la que empezamos este libro. Sócrates desconfiaba de la escritura porque creía que debilitaría la memoria. Hoy desconfiamos del resumen porque creemos que debilitará la lectura. Cada tecnología despierta el miedo a perder la habilidad anterior. La diferencia es que aquí lo que está en juego no es una habilidad concreta, sino el esfuerzo mismoc.

Creo que cada vez nos va a costar más concentrarnos en una sola tarea, y sobre todo en tareas que piden esfuerzo, como la lectura pausada. Se va a notar más en los jóvenes, seguramente. Pero lo vamos a notar todos. En el capítulo del mundo saturado te decía que la atención es el oro del futuro. Pues ese oro también se nos está gastando por dentroc. Ya conocíamos la atención fragmentada de las redes sociales, del scroll infinito. Lo nuevo es que a ese fenómeno se le suma ahora el del trabajo, y el del estudio. Antes, al menos ahí, en la oficina o en la biblioteca, teníamos un foco de atención. Y ahora ese foco también desaparece.

Idea clave

Antes, al menos en el trabajo, teníamos un foco de atención. Ahora ese foco también desaparece.

Y hay algo de lo que creo que apenas se habla: el ritmo. La inteligencia artificial nos impone un ritmo que no es humano. Un ritmo que no está alineado con nosotros, como sí lo estaba antes el trabajo manual, el trabajo creativo. Un pintor iba mirando su cuadro, pensando, dedicándole tiempo, reflexionando. Era un ritmo pausado. Ahora puedes estar creando veinte cuadros a la vez, modificando uno, quitando otro. Cosas que antes llevaban meses se hacen en horas. Y aunque ya no tengamos que ejecutarlas, tenemos que revisarlas. Tenemos que seguirle el ritmo a la máquina. Y la máquina no se cansa. Nosotros, síc.

Idea clave

La IA nos impone un ritmo que no es humano.

Creo que ese ritmo frenético va a generar estrés, y problemas de salud mental. Si a eso le sumamos lo que te contaba en el capítulo anterior, el aislamiento, confiarle nuestras cosas a una máquina, creo que la psicología y la salud mental van a ser cada vez más importantes.

Lo veo como una bomba de relojería. Son dos olas que se juntan. La primera, la de las redes sociales y la hiperconectividad, ya estaba aquí: la sensación de estar siempre pendientes de qué pasa, siempre enganchados a la pantalla. Y ahora se le une la segunda, la de la inteligencia artificial, con su propio ritmo y su propia presión. Más presión sobre una situación que ya estaba bajo presión.

Una bomba de relojería: dos olas que se juntan
tiempo → Redes sociales e hiperconectividad Inteligencia artificial Se juntan más presión

Diagrama ilustrativo, no son datos.

Idea clave

Es una bomba de relojería: dos olas que se juntan.

Y creo que todo eso va a llevar a una necesidad todavía mayor de reconectar. Con nosotros mismos. Con lo humano. Con la naturaleza. Con nuestro espíritu. De aprender a hacer una pausa y volver a nuestro biorritmo. De hecho, ya está pasando: cada vez hay más retiros, más propuestas para desconectar, para volver a la naturaleza, para el descanso y la paz mental. Quizá, sin quererlo, aquellos paseos a los que me mandan los tokens cuando se acaban sean una de esas pausasc.

Por cierto: si estás leyendo un resumen de este capítulo, te estás perdiendo justo lo que dicec.

Y quizá por eso, al final de este recorrido, me he descubierto echando de menos algo que nunca pensé que echaría de menos: las imperfeccionesc.

Parte IV · Qué está en juego17

Oda a la imperfección

"Quiero hablar con una persona."

Cada vez escucho más esa frase. Gente que llama a su compañía de teléfono, a su banco o a su aseguradora, y que se encuentra al otro lado con una máquina. Primero fue el chat; ahora, también la voz. Y lo curioso es que hace no tanto nos quejábamos justo de lo contrario: del teleoperador que se equivocaba, que no se enteraba, con el que había que perder el tiempo.

Los teleoperadores fueron de los primeros en notar la inteligencia artificial. Tiene su lógica. Las empresas tenían equipos enormes de atención al cliente, con un coste fijo muy alto, respondiendo una y otra vez a preguntas casi iguales. ¿Qué hay más fácil de automatizar que eso? Así que la mayoría los sustituyó por un chatbot.

Y ahora, creo, los estamos echando de menos. Estamos apreciando lo que hacían. Cómo nos podían entender. Cómo empatizaban con nosotros. Cómo, a veces, se saltaban un protocolo para echarnos una mano, o tomaban una decisión que no estaba prevista en ningún manual.

El caso más conocido es el de Klarna, una empresa sueca de pagos. En 2024 presumía de que su asistente de IA hacía el trabajo de setecientas personas. Un año después, su propio consejero delegado reconocía que se habían pasado, que lo que habían conseguido era menos calidad, y volvía a contratar personas para que cualquier cliente pudiera hablar siempre con un humano.

Klarna: de la eficiencia a la vuelta atrás
2024
Su asistente de IA hace el trabajo equivalente a 700 agentes de atención al cliente.
2025
Su consejero delegado admite que se pasaron: menos calidad. Vuelve a contratar personas.

eMarketer y otros medios, 2024-2025. El 700 es una equivalencia de trabajo, no un número de despidos.

¿Es más eficiente un chatbot que una persona? Sí. ¿La eficiencia es siempre deseable? Seguramente no. Depende del caso. Hemos dado por hecho que la eficiencia siempre es buena, que siempre la queremos. Y no siempre es así. Por eso insisto tanto en que la clave es la integración, no la sustitución. Saber dónde tiene que estar la máquina y dónde tiene que estar la persona.

Idea clave

¿Es más eficiente? Sí. ¿Es siempre deseable? Seguramente no.

Si lo pienso, este libro está lleno de momentos en los que he acabado valorando justo lo imperfecto. El mensaje con faltas de ortografía que, hoy, casi me hace ilusión, porque me dice que al otro lado hay alguien. El email del alumno cabreado que ya no me llega. Los quince equipos del hackathon, con la misma herramienta y propuestas casi iguales, y los uno o dos que se salieron del guion. La conversación oral, más caótica y menos precisa que la escritura, pero también más creativa. El robot de Soulmate, eficiente y frío. El amigo que no se acuerda de tu cumpleaños pero te da un abrazo.

Hay una explicación casi técnica para todo esto. ¿Recuerdas aquel estudio de las caras hechas con IA que parecían más reales que las de verdad? Una de las razones era que las caras artificiales eran más "medias", más proporcionadas, más parecidas a lo que esperamos. La inteligencia artificial tiende a la media. Lo humano, en cambio, se sale de ellac. Y en un mundo saturado de cosas correctas, bien escritas y bien hechas, lo raro, lo torpe, lo que no encaja, es lo que de verdad nos dice que hay una persona.

Idea clave

La IA tiende a la media. Lo humano se sale de ella.

Por eso quiero darle peso a esto. Ya te hablé de Soulmate, la película del robot de compañía. Todo en ella es una relación perfecta: el robot dice lo que quieres oír, está ahí siempre, es eficiente. Y eso puede parecer ideal a algunas personas, o al principio. Pero yo quiero apostar por otra cosa. Por la humanidad. Por la imperfección. Por lo que nos hace únicos como individuos, distintos unos de otros.

Por eso no me gusta la homogeneización. No me gusta que se pierdan los elementos que nos hacen humanos. Tener nuestra propia opinión, aunque a veces sea diferente a la del resto. Tener nuestra forma de vivir, nuestro propio pensamiento, nuestras propias ideas. Saltarnos a veces las normas o las convenciones. Crear nuevas tendencias.

Idea clave

Lo humano es tener tu propia opinión, aunque sea distinta a la del resto. Y saltarte, a veces, las normas.

Todo lo que nos hace humanos, la imperfección, enfadarnos, tener emociones, estar eufóricos en un momento y tristes en otro, tener nuestras muletillas, nuestros tics… Todo eso, realmente, es lo bonito. Y creo que lo vamos a valorar cada vez más según pasen los años. Porque hay cosas de las que no nos damos cuenta hasta que se van perdiendo. Como siempre.

Idea clave

Hay cosas de las que no nos damos cuenta hasta que se van perdiendo.

Yo mismo soy bastante imperfecto, y este libro también lo es. Seguro que tiene errores que todavía no he visto. Es una beta permanente. Y me parece bien.

Así que, si me lo permites, este capítulo es una pequeña odac.

Al teleoperador que se saltó el protocolo para ayudarte.
Al alumno que te escribe con faltas, y con ganas.
Al amigo que se olvida de tu cumpleaños, pero no de ti.
A la conversación que se va por las ramas y encuentra algo.
Al equipo que no hizo lo que hizo la IA.
A quien se enfada, se emociona y se equivoca.
A las muletillas, a los tics, a la opinión que no coincide con la de nadiec.
A todo lo que no es eficiente y, aun así, vale la pena.

Epílogo

Epílogo

Llego al aparcamiento. Apago el coche. Y me quedo un momento dentro, sin bajarme, con el móvil todavía en la manoc.

Este libro empezó así, en un trayecto de media hora, hablando. Y ha seguido igual: en el coche, desde el móvil, a ratos desde el ordenador. Media hora aquí, otra allá. Tiempos muertos que dejaron de serlo.

Si miro atrás, me doy cuenta de que he estado haciendo justo lo que te contaba. He trabajado conversando. Con una compañera que no es humana, que me ha escuchado, me ha ordenado las ideas, me ha devuelto preguntas y, alguna vez, me ha corregido. Y yo a ella. Ni lo ha escrito la máquina, ni lo he escrito yo soloc.

Por el camino te he hablado de muchas cosas. De la voz que vuelve, y del diálogo que vuelve con ella. De una oficina que no es natural. De mis alumnos, que hacen una web en un minuto y tienen que aprender a no conformarse. De un mundo saturado, en el que cada vez cuesta más saber qué es real. De mi amigo, que se adaptó y está en el brazo de arriba de la K. De los tokens que se acaban, de los peligros que hay que mirar de frente. De máquinas que nos hacen compañía y lo recuerdan todo, de una atención que se nos escapa. Y de lo mucho que vale, al final, lo imperfectoc.

Y si tuviera que quedarme con una sola pregunta de todas, sería la que me hago casi cada día: ¿dónde está el valor? En mi trabajo, en el de mi amigo, en el de cualquiera. No tengo la respuesta. Tengo algunas pistas. Pensar antes de pedir. No conformarse con la primera versión. Saber defender lo que haces, mirando a alguien a los ojos. Seguir leyendo, aunque cueste. Seguir contando con las personasc.

Te avisé al principio de que este libro es una beta permanente. Lo sigue siendo. Seguramente algo de lo que he dicho aquí se quedará viejo pronto, como se quedó viejo mi prompt engineer. Me parece bien. Lo que no quiero es dejar de hacerme preguntas.

Porque, al final, eso es lo que hacía Sócrates. No escribía libros. Preguntaba. Y creo que, en un mundo en el que las máquinas tienen todas las respuestas, las preguntas van a ser lo más nuestro que nos quedec.

Así que ahora te toca a ti. No hace falta que escribas nada. Basta con que hablesc.